[DESDE EUROPA]
Droga de rebajas
Camilo José Cela Conde
En época de muchas tribulaciones, cuando los líderes se desviven por toparse con la solución para apuntalar un edificio en ruinas, los gobiernos improvisan fórmulas para ayudar a los de siempre que no convencen a nadie, los estudiosos gritan el final del capitalismo que conocíamos y los ciudadanos intentan rescatar las recetas de la picaresca de hace tres o cuatro siglos, el mercado de las drogas es el único que se ajusta a lo que dábamos hasta hace unos meses por ley universal. Con la caída del consumo –no hay dinero–, bajan los precios.
Eso mismo cabía esperarlo de casi cualquier producto, y no digamos ya de la gasolina, con el petróleo por los suelos. Pero la mentira del automatismo de la oferta y la demanda se pone de manifiesto sin necesidad de hurgar muy a fondo. Solo, ya digo, la compraventa de estupefacientes clásicos y drogas de diseño sigue las leyes derogadas. A un dólar la raya de coca, a dos la pastilla de éxtasis, cuando no te la regalan; a 19 el LSD, vehículo en tiempo de los mejores sueños. Eso sucede en España, pero dudo que sea un fenómeno local. Pasen ustedes y vean cómo funciona de verdad el mercado.
Cierto es que los duros a cuatro pesetas no existen y, así, tanta ganga responde a que la calidad de las sustancias anda también de capa caída. No hay nada más fácil que cortar la droga, que dar polvos de talco por cocaína y los camellos, por no hablar de sus jefes, obran en consecuencia. Como el ciclo no termina en ellos, los consumidores de paraísos artificiales se las apañan para no perder la oportunidad de los estupefacientes a precios de saldo ni perderse el viaje prometido. La fórmula magistral parece que se llama puchero y consiste en mezclar varias sustancias para que el golpe en el cerebro sea más eficaz. Resulta bastante fácil de predecir lo que sucederá al seguir esa vía rápida de adulteración, mezcla y dosis crecientes. Es lo que tiene el otro mercado, el de la selección natural. Ya no quedan heroinómanos apenas porque un virus, el VIH, se encargó de eliminarlos. Ahora el mecanismo puede ser un poco más complejo y tomarse su tiempo, pero terminará por dejar las cosas en su sitio. Es lo que tienen los automatismos de verdad.
Pero ¿quién puede tirar la primera piedra? Imaginemos un caso bien típico: el del profesional que, haciendo de tripas corazón, acumuló pluriempleo, horas extra y chapucillas para dar el salto hacia el barrio deseado, la casa ideal, el piso de ensueño. Todo parecía cuadrar, y salud que haya para pagarlo, le decían. Ahora, de golpe, aquella maravilla que compró vale una cuarta parte menos, o la valdría si hubiese alguien dispuesto a pagar por ella, el trabajo se esfuma y desde las alturas le dicen que habrá que apretarse el cinturón. ¿Aún más? No sabe dónde quedará la salida, si es que existe, y mientras se desespera buscando una lee en los diarios que gobiernos y ministerios destinan cantidades ingentes de dinero a apuntalar a quienes le vendieron molinos de viento y reclaman ahora su pago. Coca a un euro. ¡Qué tentación!
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