PROPUESTA
Guayacanes como una atracción turística
Octavio Méndez Guardia
opinion@prensa.com
El 27 de marzo de 1912, al sur de la Avenida Independencia, en Washington, capital de Estados Unidos, la primera dama, Mrs. William Howard Taft, acompañada por la vizcondesa Chinta, esposa del embajador del Japón, plantaron dos cerezos japoneses, parte de los 3 mil 20 retoños de 12 variedades que el Japón le había obsequiado a Estados Unidos en gesto de amistad.
La explosión de flores de cerezo de una blancura inmaculada en los meses de marzo y abril se ha constituido, con el pasar de los años, en un espectáculo de reconocida fama mundial, una maravilla de la naturaleza.
He leído sobre el inicio de la plantación de árboles en la cinta costera, y me ha parecido oportuno sugerir que emulemos el caso de los cerezos japoneses aprovechando nuestra flora nativa, específicamente el guayacán, plantando un número razonable de estos –digamos 50– agrupados en un sitio.
Llegado el verano, en febrero y marzo, al estallar esos árboles en una abundancia de flores amarillas, cuyos pétalos al caer tapizan de oro la grama, se imaginan ustedes lo llamativo que sería para nuestros conciudadanos, los visitantes y, con discreta promoción noticiosa del Ipat, el interés que despertaría mundialmente en el turismo.
Pocas capitales de naciones podrían ofrecer una atracción tan llamativa y de interés universal, como lo es la naturaleza. Pienso que esa gran mancha esplendorosamente dorada sería un haz de color casi tan visible para los astronautas como lo es la gran muralla de china.
A manera de lo que sucedió en Washington, el evento anual del florecimiento de estos árboles sería motivo de un “festival del guayacán”, de la elección de una reina y, quizás, de una presentación por el Ipat de música y bailes nacionales que, sin duda, se convertiría en un atractivo más para el turismo.
Esta plantación de árboles a lo largo de la cinta costera vendría a ser un arboretum para promover un mejor estudio de la botánica por nuestros estudiantes. Desde luego que el éxito de este plan está sujeto a la calidad del suelo que se esté utilizando en el relleno, salvo que se tuviera el cuidado de proveer la calidad adecuada alrededor del sitio de plantación de cada árbol.
También, en caso de no ser recomendable el guayacán por el aire salado que sopla del mar, podría considerarse otra especie igualmente atractiva, como lo es el flamboyán, con sus flores vistosas y abundantes de color rojo encendido.
Al escoger cada ejemplar de entre las especies nativas, se tendría el cuidado de identificarlo con una placa de metal indicando el nombre botánico y el popular de cada especie, quizá con una indicación de su altura eventual y el grueso de su tronco.
Ojalá esta idea, perfectamente factible y sin mayores costos, tenga una favorable acogida.
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