EL MALCONTENTO
Derechos consumidos
1116313Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
Hay que modificar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El mundo ha cambiado, cambia, vertiginosamente, y se me hace demasiado genérica esta declaración de buenas intenciones firmada por casi todos los Estados y cumplida por casi ninguno.
Es cierto que con los llamados derechos de tercera generación y demás adendas se ha intentado parchear la criatura, pero aún así siguen cojos.
Cuando se pensaron y se redactaron el mundo se perfilaba como un territorio donde quien mandaba, regulaba y tenía poder real eran los Estados Nación. Ahora, ni Estados, ni Nación. Los gobiernos se han quedado para cubrir los huecos bancarios con dinero público, para limpiar las calles –cuando lo hacen– y para dar conferencias de prensa propias y asistir a las ajenas. ¿Quién manda de verdad? ¿Quién es, entonces, responsable de que los nuevos derechos humanos se respeten? ¿No habrá que comenzar a hablar de derechos de consumo?
Adivinó: las dueñas de la realidad son las empresas y nada se mueve sin que ellas medien o tercien o nos cuarteen cuando les apetezca. Los ciudadanos y ciudadanas… Empiezo de nuevo: los consumidores y consumidoras estamos absolutamente indefensos ante “las normas” de las empresas que son lo más parecido a las tablas de Moisés. Cuando el ingenuo consumidor osa a protestar solo obtiene dos respuestas: son las normas y yo no tengo la culpa. Y es cierto. Son las normas que los gobiernos permiten y que jamás son redactadas pensando en el consumidor y el desgraciado que lo atiende a uno es igual una víctima pero a la que le toca dar la cara por unos accionistas que mientras están de pesca en su yatecito o, como mínimo, en el piso 25 de un edifico inexpugnable para los mortales sin carné.
Entonces, si la compañía aérea te deja tres horas botado en un aeropuerto sin sillas lo soluciona con un emparedado y una soda en el mejor de los casos; si uno se atrasa dos días en pagar el recibo eléctrico, la empresa es ágil para interrumpir el suministro y cobrar multa, pero si te dejan sin energía tres días por una falla de la compañía conseguir compensación es tarea de titanes; al comprar un electrodoméstico o un aparatito informático todo se cobra, pero cuando se quiere activar la garantía todo son problemas… La lista se convertiría en algo tedioso, pero ustedes saben de estos y de dos millones de ejemplos más.
¿Quién nos defiende? Si debemos confiar en la Autoridad del Consumidor estamos en problemas, pero lo que quiero plantear acá va más allá de un tema de consumo. Las empresas violan los derechos básicos de los trabajadores cada dos por tres, los derechos ambientales, los urbanísticos, los sexuales, los religiosos… Todas las organizaciones que trabajan por los derechos humanos se centran en los Estados. Eso está bien, hay que conseguir, por ejemplo, que el marco jurídico mejore, que las instituciones públicas no perpetúen las violaciones y que se promueva una cultura de derechos humanos desde los centros educativos. Sin embargo, necesitamos crear una nueva ONU para controlar este poder sin límites de las empresas nacionales y, ante todo, de las multinacionales.
Ya hemos visto dónde nos llevan las teorías neoliberales –aunque mis primos libertarios insistan en que el problema es que había demasiada regulación– e intuyo que la crisis que ha comenzado es solo el inicio de una cadena de crisis que irán más allá de lo financiero. Así que… o controlamos a los empresarios o van a terminar acabando con nosotros.
No hablo de impulsar la Responsabilidad Social Corporativa, ese invento de mentira que justifica las otras tropelías a cambio de unas monedas que, además, suelen arrancar a sus propios clientes. Se trataría, de verdad, de ser conscientes del poder que han acumulado y ponerle coto a casi todas sus actividades. Como seré crucificado por atentar contra la libre empresa (¿Cuándo se inventará la posibilidad de que exista un libre obrero?) mejor termino y me voy a comprar algo, que ya se sabe que esa técnica de relajación aporta a la economía nacional, a las estadísticas y al jardín del dueño de la tienda.
[“En estos años difíciles la flor de mi generación/delante de las puertas cerradas./Florecen, a cambio, las ideas muertas,/y los hombres no son, sino sombras de hombres./Este,/ es mi tiempo”. No es que Antonio Orihuela le alegre el día a C. Le recuerda, sin embargo, que las palabras se alimentan de verdades].
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