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Panamá, lunes 10 de noviembre de 2008
 

LOS JUEGOS DE ANTAÑO

Punzadas de nostalgia

Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net

Cada año para estas fechas, incluso antes de las celebraciones del mes de la Patria, aparecen las primeras señales de que la Navidad se aproxima. Los comerciantes inundan los medios de comunicación anunciando para las fiestas de fin de año pinturas para hermosear la casa, adornos, electrodomésticos, ropa, regalos para los niños.

Los diarios llegan rechonchos de revistas y catálogos con novedosos juguetes que me resultan extraños, desconocidos, con complicados nombres en inglés (ej. Recon dropship); son tan diferentes de los de mi niñez, que he sentido una punzada de nostalgia, un sentimiento de pérdida al recordar los juegos que jugamos los que no fuimos niños “cibernéticos”.

Recordando el pasado, los adultos solemos decir que todo tiempo pasado fue mejor; lo mismo dirán los niños y los jóvenes de hoy cuando, convertidos en adultos, echen atrás las páginas del calendario y recuerden su primer Nintendo, el Wii o el PlayStation.

Nosotros, los que jugamos los juegos de antaño, y no me refiero a esculturas desaparecidas, jugábamos juegos que desconocen los niños de hoy. Como la rayuela, tan divertida, saludable (mucho brinco y buen equilibrio), y económica, que solo necesitaba tizas, mejor si eran de colores; los trompos ya no se ven; las “bolsitas” que hacíamos, rellenas de arena, para hacerlas saltar sobre los pies no las he visto en décadas; las sogas para saltar (buenas para aprender a contar) no aparecen en los catálogos; el “hula-hoop” (aro conocido en el antiguo Egipto y Grecia antigua) de plástico, que reapareció a fines de la década de 1950 pasó de moda; los yo-yo con los que hacíamos malabares cayeron en el olvido; las “bolitas”, canicas de colores que nos ponían de rodillas hasta desgastar las rodilleras de los pantalones tratando de “quiñar” con buena puntería, también eran objetos de colección y qué orgullo tener un “estil”, canica de acero.

Jugar “yacs”, piezas pequeñas con cuatro puntas redondeadas y un eje, que incluso se han encontrado en cuevas prehistóricas en Ucrania, era de niñas nada más; sobre el piso se “picaba” la pelota, y se recogían las piezas entre salto y salto de la saltarina bola que hacíamos brincar más alto cuanto mayor era el reto.

Hacíamos cometas con papel de seda de colores, “virulí” o bambú, y trocitos de tela para la cola; hacerlas volar nos mantenía fuera de la casa, al aire libre, con mucha actividad física.

Nuestra creatividad era rica. La imaginación volaba. Con latas y un trozo de cuerda hacíamos bulliciosos zancos que hacían “clan, clan, clan”, cuando caminábamos con ellos.

Las muñecas, que eran regordetas y con una sola muda de ropa, las paseábamos en cajas de cartón (de corta duración) adornadas con figuras recortadas de revistas y con una cuerda jalábamos “el coche”; además, las bautizábamos y con ellas jugábamos a la tiendita y a tomar el té (agua con hojas picaditas).

No existían los walkie-talkie ni los celulares, pero eso no impedía que nos comunicáramos “telefónicamente” con dos latas y una cuerda: la lata servía para hablar y para oír (a prueba de “pinchazos”). También los juegos como “la lleva”, la cinta (tun, tun, ¿quién es?); el mirón–mirón, el escondido, el florón, y nombre–animal–o cosa, eran juegos en grupo, en patios, parques y aceras. Estos juegos y las rondas son, además, parte de nuestro patrimonio cultural.

Las niñas de hoy piden la estilizada y sofisticada Barbie que, además de novio, necesita piscina, automóvil, laptop, ropa para toda ocasión, pelucas y maquillajes. Los niños piden costosos videojuegos que los “estacionan” horas ante la pantalla, absortos, aislados, sin el sano esfuerzo físico. Resultado: chicos más pasivos, menos ocurrentes e imaginativos aunque, según los oftalmólogos, con mejor visión y memoria visual si usan correctamente los videojuegos. Los pediatras, sin embargo, objetan esa falta de actividad física, causa de obesidad, colesterol alto y diabetes, en aumento en niños y jóvenes; o sea, que además de limitarles el desarrollo social en grupo, les afecta la salud.

Los videojuegos y los juegos tradicionales no son incompatibles, pero la imaginación, la creatividad, y las actividades en grupo, propias de la niñez, deben ser estimuladas. Dijo el escritor francés, Jules Renard: “¿Qué es nuestra imaginación comparada con la de un niño que intenta hacer un ferrocarril con espárragos?”. Poca cosa, me parece.

© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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