ENDEUDAMIENTO.
Crisis financiera; pero, ¿de qué?
I. Roberto Eisenmann, Jr.
opinion@prensa.com
Un buen amigo que vive en el Norte me envió un economic review; el nombre del autor es ilegible, pero para mí ha sido de un enfoque novedoso y –en mi opinión– muy certero.
Comienza por preguntarse: “¿Por qué todos los programas urgentes de los cientos de ‘billones’ y ‘trillones’ de los gobiernos de los países desarrollados no han surtido los efectos esperados en sus mercados de valores, que siguen radicalmente inestables?”
La respuesta que ofrece es tan sencilla como lógica. La crisis no es una crisis de crédito (credit crisis), sino todo lo contrario: es una crisis de deuda (debt crisis).
Aparte de capitalizar a los bancos (una medida necesaria por razones bastante obvias), el resto de los paquetes “de salvamento” de los gobiernos intenta volver a flexibilizar el crédito en una situación en la que todos los deudores (gobiernos, empresas y consumidores individuales) están endeudados hasta la coronilla, próximos a ahogarse en deuda. Endeudarse más simplemente no es posible sin recurrir a documentos “sub–sub–sub–prime”, que fueron precisamente la causa del despeñadero. O sea: la crisis es de deuda, y procurar resolver problemas de deuda con más deuda simplemente no funciona en las condiciones actuales.
Las crisis de deuda solo se resuelven perdonando deuda, con todos los negativos que hacerlo conlleva.
Todo esto indica que el tamaño eventual de las pérdidas seguramente será varias veces más, que lo que hasta hoy ha sido reconocido. Por ejemplo, aún no se han afrontado del todo las pérdidas que seguro se producirán en las carteras de crédito de consumo, tarjetas de crédito y créditos de automóviles.
Todo esto indica que seguramente habrá una severa y prolongada recesión con altas posibilidades de una depresión.
En 2009 se inicia la masiva jubilación de la generación de baby boomers. Hasta septiembre, habrán desaparecido dos trillones de dólares de cuentas de pensiones en Estados Unidos y, como consecuencia, muchos boomers no tendrán la capacidad económica para jubilarse. Un importante porcentaje de apartamentos panameños a entregarse en 2009 –más la entrega de los pagos finales por los mismos– es de estos baby boomers, hoy en situación trágica.
¿Qué hacer? Primero, hace falta liderazgo y los líderes tienen que decir la verdad. Sugiero que lean el discurso del 25 de septiembre del presidente francés Sarkozy. Dice cosas como: “Hay miedo. Los ciudadanos temen por sus ahorros, su empleo, su poder adquisitivo. El miedo es sufrimiento… el miedo impide emprender o implicarse. El miedo elimina sueños y uno no piensa en el futuro. El miedo es la principal amenaza para la economía. Hay que vencer ese miedo; no se vencerá ni se restablecerá la confianza con mentiras, sino diciendo la verdad”.
Continúa este presidente “de derechas” –“la idea de que los mercados siempre tienen razón, es descabellada”; a la vez que dice: “el anticapitalismo no ofrece ninguna solución ...” (Vale leer este discurso que seguro tendrá la embajada francesa).
Si usted está en Panamá, agradezca que nuestro sistema bancario no está en crisis. Si tiene dinero afuera repátrielo, deposítelo en bancos panameños de su confianza, donde lo pueda observar de cerca y evitar sorpresas. Si tiene inversiones en la Bolsa de Nueva York o lo que yo llamo el sofisticado Casino, allí no me siento lo suficientemente inteligente como para sugerirle cómo jugar, más que decirle: “si puede salir hágalo y, en cuanto a aquellos de Wall Street que le hablan del long term (largo plazo), recuerde que “in the long term you die” (al largo plazo uno se muere).
Si puede evitar endeudarse más o eliminar deuda, ¡manos a la obra! La liquidez es una prioridad muy, pero muy superior a los réditos o utilidades ... y amárrese la correa porque de que Panamá sufrirá, Panamá sufrirá.
No somos un país blindado del contagio; por el contrario, somos una economía de servicios, globalizada. No hay manera de escaparse, sino de aminorar el impacto preparándose ... y recuerde: esta crisis es inédita; es la primera vez que ocurre, lo cual significa que nadie sabe nada.
No hay “experto” alguno a quien recurrir. Tiene usted, entonces, la obligación de informarse día a día y tomar decisiones propias, confiando en su propio criterio y lo que le diga su estómago. ¡Que la suerte y el buen juicio nos acompañen!
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
|