COMPORTAMIENTO CIUDADANO.
Esto de la democracia…
Daniel R. Pichel
dpichel@cardiologos.com
Dicen que la democracia es el “menos malo” de los sistemas políticos. Si bien es cierto que a la pobre la han prostituído de muchas maneras a lo largo de la historia, no podemos ignorar que su existencia –siempre y cuando se entienda– es una garantía para los ciudadanos.
Hace unos meses, me cuestionaron el hecho de que cada dos semanas me desahogara con esta columna, desde la comodidad de no involucrarme en “la democracia de verdad” para producir cambios “desde adentro”. En ese sentido es donde yo creo que la democracia (o la sociedad participativa como le llama Denise Dresser) ofrece muchas herramientas para integrarse a esa función de Estado. Siempre recuerdo la definición que le escuchara a Roberto Eisenmann sobre lo que es la “sociedad civil”. Palabras más, palabras menos, son “el grupo de ciudadanos que han decidido participar en el desarrollo del Estado, sin buscar el poder”. Sin duda, me identifico completamente con esa definición.
Yo no tengo el más mínimo interés en ocupar cargos, pero creo necesario aportar lo que esté a nuestro alcance para mejorar el entorno en que vivimos y en el que esperamos vivirán nuestros hijos y nietos. En mi caso particular, puedo decir que me siento orgulloso de todas las horas que dediqué al trabajo del grupo de Garantes de salud (donde salvo contadas excepciones se concentró un grupo de profesionales que elaboró una propuesta del usuario del sistema de salud dejando a un lado los intereses de uno u otro grupo).
Desafortunadamente, el tiempo ha hecho pensar que esa iniciativa, quedó siendo otra de las “cortinas de humo” que se lanzan para apaciguar a la gente después del problema del dietilenglicol, donde aún no se tiene idea de quién o quiénes fueron los responsables de envenenar con líquido de radiador a los enfermos. No tengo la menor idea de quién sea, pero tanto silencio, genera una desagradable suspicacia de que pudiera haber alguien de muy, muy arriba involucrado en el asunto. Y dudo que sea algún opositor al gobierno actual, porque ya lo habrían desollado en la plaza pública.
Volviendo a la democracia, me cuesta trabajo creer que para todos, sea el sistema “menos malo”. Para algunos, sería mucho más práctico un sistema autoritario donde las órdenes se dan en forma vertical basado en jerarquías incuestionables. Esa jerarquía, dependiendo de a qué se refiera, vendrá dictada por el rango, por algún código, o por alguna decisión de seres superiores a quienes no podemos llevarles la contraria sin atenernos a las consecuencias. Algo así como “obediencia debida a lo bestia”. Esta idea, me ha venido a la cabeza leyendo algunas de las cosas que han ocurrido en Panamá en las últimas semanas.
Somos un país tan surrealista, que nos hemos dado el lujo de que se robaran delante de las narices de todos 35 toneladas de bronce y latón (o de lo que fuera) junto con un tractor, sin que nadie se diera cuenta. Nadie violó una puerta, nadie hizo ruido y supuestamente nadie vio salir a Hansel, Gretel y sus amiguitos, del calabozo donde los encerró la bruja fea en Vía Porras. Encima, la persona encargada de su custodia (y sus influyentes amistades) se han salido con argumentos tan ridículos como que “si te roban en tu casa, no puedes meter presa a tu empleada”. Pero si la empleada era la responsable de la llave de la casa y nadie rompió la puerta… pues que me perdonen pero tampoco hay que ser Sherlock Holmes para entender que la principal sospechosa del “ilícito” es esa empleada que custodiaba la llave. Pero imagínense qué maravilla… si tuviéramos un gobierno dictatorial simplemente el gorilón de turno hubiera dicho: “ella no fue”… ¡y no fue!...
Encima, estos fanáticos de la democracia que andan vociferando por allí pidiendo derechos y libertades, han armado otra pataleta por los pinches decretitos de “seguridad nacional”. Pero si allí nadie habla de militarización. Lo que pasa es que, por estar enredados en esta tontería de que la gente tenga derechos, se ha complicado lo que en otra época hubiera podido solucionarse con unos cuantos manguerazos, cerrando dos periódicos y simplemente organizando los “estamentos de seguridad” (wow… tienen un nombre como si fueran a servir) como nos diera la gana y sin tanta discutidera.
Y allí está el detalle de la democracia. Para quienes se sintieron cómodos cuando no existía, es un trago muy amargo. Por eso, ahora que surgen serias acusaciones contra el ministro de Gobierno y Justicia por un supuesto asesinato a sangre fría cometido hace muchos años (y digo supuesto porque tiene que probarse), se comienza a hacer evidente cómo se dificulta aceptar las más elementales reglas de un Estado democrático. Y que conste, no estoy diciendo que sea culpable ni inocente porque eso tendrá que definirse por medio de una investigación y un juicio, a lo cual tiene derecho todo ciudadano. Pero, mantenerlo en un cargo con jurisdicción sobre la institución dedonde tienen que salir los elementos para una investigación completa, representa una inaceptable interferencia con el ejercicio del derecho. Si se entendiera la democracia y sus instituciones, él tendría que haber sido separado del cargo por el presidente (quien lo puso allí), sin dar ninguna explicación, simplemente para garantizar una investigación creíble.
Pero a cambio, todos (presidente, canciller y demás) se molestaron y sorprendieron cuando, ejerciendo su derecho de expresión, Angélica Maytín le preguntó en una conferencia de prensa (que entiendo son para hacer preguntas) si lo iba a destituir. A eso me refiero cuando digo que algunos parecen enredarse con esto de la democracia. Encima, en un país donde se cree que democracia es “votar cada cinco años”, la candidata que recordamos nadando cómodamente en la pecera de los gobiernos militares dice que “no va a hacer comentarios”… Perdóneme ingeniera… lo primero que usted debe es demostrar a todos los panameños que dudan de su compromiso con el sistema democrático que, por lo menos, lo entiende. Que alguien sea su amigo, o haya compartido su visión de país cuando las cosas se resolvían en los cuarteles, no la obliga a protegerlo… ¿o sí?...
El autor es cardiólogo
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