CARTAS DESDE EUROPA.
Diplomas en venta
Camilo José Cela Conde
Es entrañable y esperanzador que, en tiempo de vacas famélicas, muy, pero que muy flacas, haya quien se dedique a falsificar y vender títulos universitarios. En España, la policía ha desmantelado dos redes, una en Málaga y otra en Alicante, que se dedicaban a emitir diplomas falsos de universidades peruanas, títulos de licenciatura de diversas carreras entre las que se encuentran las de cirujano, psicólogo, terapeuta, farmacéutico, ingeniero forestal e historiador.
Es de suponer que los clientes de tales pícaros buscasen, por medio del título, una oportunidad de lograr empleo; quienes en estas épocas disfrutan de posición harto desahogada no necesitan de diplomas ni oropeles amañados. Los próceres son capaces de convencer a sus muchas amistades, entre las que se encuentra siempre algún que otro rector, de la oportunidad de que se les conceda honoris causa la distinción de doctor, ahorrándose así, muchos quebraderos de cabeza, trámites e incluso 22 mil dólares, que es lo que la red de falsificadores cobraba por un título de los mencionados.
Esta no es una cantidad como para echarse las manos a la cabeza. Corresponde, tirando por lo bajo, a lo que una universidad privada de ciertas ínfulas le cobra en España al alumno entre tasas, derechos, clases y cuarto en el colegio mayor. Pero tampoco se trata de algo despreciable, de una propina que pueda hurtarse a los ahorros destinados a pagar la cuota de la hipoteca. Así que llama la atención que haya quien se muestre dispuesto a aflojar el bolsillo para hacerse con un diploma que habilita el ejercicio de profesiones como las indicadas antes. Se diría que, en los años que corren, es mucho más rentable fingirse curandero milagroso, vidente, exorcista o incluso doblador de cucharas. Acabo de leer que Lewis Hamilton, para lograr el título de campeón de la Fórmula Uno conjurando la tendencia a salirse de la pista, embestir a sus contrincantes o frenar a destiempo, sigue los consejos de Uri Geller, un caballero que salía antes mucho por la televisión haciendo eso, doblar tenedores y cucharas a distancia.
Engañar al auditorio con una cubertería dada a retorcerse no es lo mismo que operar un tumor de hígado o incluso una apendicitis con éxito. El propio señor Geller, harto de engañar a incautos, se avino al final de su carrera de ilusionista a explicar cuál era su truco. Pero el diploma falsificado de cirujano no solo no proporciona la habilidad que se aprende en las aulas sino que tampoco otorga al cliente dotes de mago, prestidigitador ni saltimbanqui. La policía, pues, haría bien en averiguar qué hacían los poseedores del diploma amañado con él. Un director general de infausto recuerdo en España, llamado Roldán, se fingió economista para estafar muchos millones, pero su principal activo era la militancia política, no la carrera universitaria. Pese al desmantelamiento de las redes de pícaros, aquí sigue habiendo gato encerrado.
El autor es escritor
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