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Panamá, sábado 25 de octubre de 2008
 

PRIMERA CONDICIÓN.

Gobernabilidad

Héctor Rodríguez
opinion@prensa.com

Quizás por aquello de que el sentido común es el menos común de los sentidos, y porque algunos políticos desfiguran el significado de gobernabilidad, resulta perentorio darle nitidez al verdadero espíritu de tal expresión y de su contexto.

Se basa en la variante eficacia, que se mide por el cumplimiento de un gobierno a las metas prometidas y en el acierto ante los imprevistos, lo cual involucra la sapiencia legislativa y la pericia del ejecutivo. Así, tenemos que la gobernabilidad es el conjunto de circunstancias propias de una sociedad, que posibilitan la actuación de las instituciones de gobierno con mayor o menor eficacia, siempre en el marco constitucional, permitiendo así el libre ejercicio de la voluntad política del Poder Ejecutivo y el acatamiento popular.

Surge ante ello la gran conveniencia del elemento incluyente o integracionista, más conocido como coaliciones, cuyos enemigos naturales son el orgullo, el egoísmo y el triunfalismo. Lejos de denotar debilidad, las coaliciones exhiben madurez democrática, hija de la confianza en la fortaleza de los principios propios y de la generosa voluntad a favor de ampliar la cobertura de los beneficios.

Ahora bien, aunque suene inelegante, se debe asumir que no basta con ser bueno, hay que demostrarlo. Al respecto, se considera que el filósofo Jurgen Habermas captó la atención mundial por su teoría sobre la comunicación como forma para alcanzar consensos racionales. Y Francis Fukuyama va más allá “a mayor cultura popular más optimización de la confianza económica y política”. No se trata de ostentaciones sino de corresponder con claridad a la confianza popular, es un deber exhibir los logros y eso ya supone una culturización; mientras que lo absurdo es el ocultamiento de las verdades, u oscurantismo.

Adicionalmente, hay que entender que la gobernabilidad hace pareja estricta con el Indice Riesgo País, tan significativo para la inversión extranjera y para otros rubros de la economía, como el turismo.

Mas, Ħojo con el sofisma! No se debe caer en el infierno de tomar los partidos políticos como maquinarias cuyos ejes y piñones son los fortines burocráticos desde los cuales, para su éxito malévolo, se taladran las conciencias de los votantes, que terminan aceptando de antemano condiciones como que las contrataciones y las licitaciones deben ser las fuentes de enriquecimientos personales a costa, claro, del tesoro nacional que se amasa con los recursos de los contribuyentes. En otras palabras: el elector, cómplice, entrega con su voto la patente de corso para que la voraz maquinaria se reparta el botín, a cambio de su permanencia en la burocracia, o la promesa de una beca o de un contrato, etc.

Es que la simple actitud de prometer tantas complacencias y la contumaz persistencia del más elemental y manido de los discursos “la reivindicación de los pobres”, ya suscita la sospecha, que se torna en prueba cuando esas golosinas portan el sello de garantía del colectivo político, léase maquinaria. El paso a seguir por los embaucadores es anatemizar los posibles cuestionamientos que por más ecuánimes y sobrios, serán estigmatizados entonces como adversos a los pobres.

Una vez en el poder, los aterciopelados guantes dejan emerger los garfios para descuartizar la presa que como siempre, es constituida por las clases media y baja, sí los pobres. Es la gobernabilidad de los farsantes o demagogos.

El autor es catedrático universitario

© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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