MORAL Y PREJUICIOS.
La burbuja
María del Carmen Cabello
La polémica no la ha suscitado la película Diario de una ninfómana, que se estrenó en España el viernes 17 de octubre, sino el hecho de que el cartel que la anuncia haya sido censurado en Madrid por considerarlo “gratuitamente provocativo”. La Empresa Municipal de Transportes (EMT) denegó la posibilidad de promocionar el filme en los buses y en las marquesinas, aunque sí se exhibe en los puestos de revistas y periódicos, que son competencia de sus dueños.
El cartel muestra a una mujer joven, de cintura para abajo, cubierta por un panty negro de encaje. Ligeramente introducida en él, está la mano de la chica. Puesto que los anuncios de ropa interior femenina proliferan por doquier, suponemos que el motivo de la censura no es el panty, muy bonito, por cierto, sino la manito. El filme está basado en la novela autobiográfica del mismo título de la francesa Valérie Tasso, una mujer de familia solvente, con título universitario, que narra su evolución a través de sus vivencias sexuales. Lo demás queda a la imaginación del lector.
La polémica, insisto, no la ha causado la película (los españoles estamos curados de espanto y cada quien elige el cine que quiere), sino la censura del cartel. En los debates se ha oído de todo. La mayoría de los participantes estaba en contra de la medida, y alegaban, entre otras cosas, que nadie hubiera censurado, por ejemplo, la promoción de un filme que llevara por título Diario de un asesino. Un tanto acorralados, los que estaban a favor, echaron mano de un argumento traído por los cabellos: “debemos salvaguardar la inocencia de los niños”. Ahora sí llegamos a donde íbamos. Pobres niños, cómo los utilizamos para encubrir nuestro miedo.
Supongamos que vamos por la calle y llevamos de la mano a nuestro hijo de unos cinco años. Nos topamos con el cartel. Lo más probable es que la criatura ni se fije, y no tiene aún ni la malicia ni la información para sacar conclusiones. Como está descartado que llevemos a los niños a películas semejantes o que los forcemos a reparar en la fotografía, lo dejamos pasar. Pero supongamos también que nos acompaña un preadolescente o adolescente, al que ya no llevamos de la mano porque no se deja, y que con las hormonas a flor de piel, mira el cartel y además pregunta (bien para ponernos en un aprieto –el niño, o la niña, nos ha salido desafiante– o bien porque su vocabulario es todavía escaso): ¿qué es una ninfómana? Y entonces entramos en pavor. El momento es incómodo, pero decisivo, porque pone a prueba nuestra condición de padres y nuestra calidad de educadores. De ahí el miedo. Descartado también que le demos un bofetón por hacer preguntas indiscretas como se hacía en otros tiempos.
Nos quedan dos opciones: eludir la respuesta con una excusa: “cuando seas mayor lo entenderás”, lo que llevará a nuestro hijo a averiguarlo entre amigos. A saber cuáles serán sus conclusiones. Sin embargo, nos queda la segunda opción: contestar, pero ¿cómo? ¿Se imaginan diciéndole que una ninfómana es una mujer que tiene furor uterino? Podemos buscar, en su lugar, una explicación sencilla y a su nivel, sobre todo si tenemos la experiencia previa de conversar con ellos y explicarles las cosas. Y si prescindimos de la moralina, mejor, porque en los jóvenes va calando que entre los seres humanos se dan distintas condiciones y que no todo el mundo vive las de su entorno.
Esta segunda opción tendría además la ventaja de que nuestros chicos han percibido que sabemos conducirlos, que tenemos la sartén por el mango, que somos padres y no amiguetes, y que ha sido merecedor de una respuesta. Y eso alimenta bastante su autoestima. De todas formas, lo comentará con sus compañeros, como hemos hecho todos, pero le queda el referente.
Es cierto que los padres quisiéramos meter a nuestros vástagos en una burbuja protectora. Echar un velo sobre el mundo para que no vean su fealdad. Pero la única burbuja posible, porosa, permeable, flexible y práctica es la información. Cuando los hijos crecen y se van de casa, y algunos se van lejos y viven en otras culturas, es lo único que puede preservarlos del miedo a lo ajeno y del desarraigo. Y de la infelicidad que ello produce.
Y es que es fácil confundir la moral con los prejuicios. Creemos que lo moral es obviar o condenar lo que nos resulta espinoso. A los adultos, no a los hijos. Es inmoral matar, hacer daño, robar o engañar. Estos temas son parte ineludible de la información y de la formación. Es inmoral alimentar el desprecio hacia el que es distinto por raza, condición social o preferencias sexuales. Y es de miedosos elevar nuestros prejuicios a categoría de principios y legarlos como parte de la herencia a nuestros retoños.
La autora es filóloga
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