VÍCTIMAS DE LOS PIRATAS MODERNOS.
Los vestidos del emperador
Damián Espino Castillo
opinion@prensa.com
Siempre sentí mágica pasión por aquellos libros que me regalaban en la escuela como Alborada, donde un día pude leer los primeros cuentos de insignes escritores de nuestra América morena, siempre sufrida. Allí degusté la historia fascinante y aleccionadora de los Vestidos del Emperador, relato que se inicia cuando llega al reino un sastre embaucador y charlatán que se compromete a confeccionar un vestido invisible al monarca, que solo sería visto por los hombres y las mujeres inteligentes.
Así, termina el emperador luciendo el traje que obviamente es admirado por sus asesores, ya que ninguno es bruto. Más tarde se reúnen todos en Palacio: sapos, rastreros, lisonjeros y aduladores que nunca faltan cerca de los que suelen ejercer cargos de poder y deciden que para demostrar la grandeza del soberano, todo el pueblo debe ver el vestido. Organizan un desfile donde toda la población contempla deslumbrada el “invisible traje” que lleva el emperador, hasta que un niño suelta la gran carcajada y afirma que éste va desnudo en su real carruaje. Allí se formó el despelote y, gracias, a la ingenuidad e ignorancia propia de la inocencia de los niños, todo el mundo pudo regresar a la cruda y dolorosa realidad.
De igual modo me siento ahora, al mirar a mi alrededor y observar cómo se puede adormecer, aturdir y embelesar a casi toda una sociedad con falsos cantos de sirenas, que terminan por arrastrarnos a las oscuras y profundas aguas de un pseudo concurso, como lo es el Latin American Idol. Evento que a juicio mío y de muchos, no es una competencia de talentos, si no la más vulgar y descarada de las apuestas (o estafas), pues el ganador o ganadora lo decide el dios dinero. Mientras que el talento, ¡al car...!, lo que realmente importa es el vil metal y punto.
Que quede claro: nuestra artista por su talento innato, ya había ganado, eso nadie lo discute. Pero de allí a convertir esta apuesta hasta en rivalidad con una nación hermana, usando como pretexto el talento de dos jóvenes artistas y la exacerbación del nacionalismo, no es más que una gran y grave irresponsabilidad, que nos demuestra hasta dónde se es capaz de llegar cuando el lucro y la avaricia invaden el quehacer humano.
Naturalmente que los políticos del patio, tanto los del Gobierno como los de oposición, salieron a pescar en río revuelto. Este proceder no tiene nada de novedoso. A lo largo de la historia los gobernantes han utilizado un cúmulo de estrategias perversas acompañadas con todo tipo de engaños y falsedades, para mantener al pueblo cegado y así, aprovechando estas cortinas de humo, acometer todo tipo de desafueros y desmanes en perjuicio de las mayorías.
Es obvio que al gobierno de turno, a escasos ocho meses de culminar su período y menos para las elecciones generales, el triunfo de nuestra artista le cayó como anillo al dedo. Promovieron el jolgorio que se inició con el cierre, por 36 horas continuas, de dos carriles completos de la vía Transístmica, sin que los defensores gratuitos de la legalidad invocaran la evidente violación del derecho de terceros.
Veremos el desfile interminable de los politiqueros pavoneándose en cuánta tarima se monte esta joven, hasta que el encantamiento, casi colectivo, desaparezca, y recobremos de nuevo el conocimiento y el sano juicio. Sin embargo, los goles ya se habrán metido: el presupuesto más alto y artificial de la historia republicana, el olvido de las nefastas leyes de seguridad policial y militar, la resistencia a bajar el precio de los combustibles acorde con el costo internacional del barril de petróleo.
Toda la vida me he preguntado: ¿cuál es el deber fundamental de un buen líder a la hora de confrontar al pueblo con la realidad? Lo más lógico sería orientar con sinceridad a quienes nos eligieron y hablarles con la mayor franqueza. Pero los tiempos han cambiado y la carencia de liderazgo que hay en el país se reemplaza con embaucadores y encantadores de toda laya.
Es un infame contrasentido que en un país con tantos problemas tan apremiantes: alto costo de la vida, inseguridad, transporte deficiente, salud y educación deplorables y otro rosario de males, los gobernantes y empresarios se dediquen a promover el consumismo extremo, en el mismo momento que el mundo camina hacia una recesión económica sin precedentes en la historia.
Cuando lo que hay que aconsejar es ahorro y austeridad, ellos impulsan el despilfarro y el gasto irracional. Y es que en este país, y en medio de la batahola, los políticos se olvidaron de la sensatez y salieron raudos a integrarse al show en procura de captar votos como sea, no importa que ello implique vender su alma al diablo, o lo que es peor, convertirse en cómplices del despojo premeditado, con maldad y alevosía, de los escuálidos ingresos de humildes compatriotas, que ahora formarán parte de las fortunas de transnacionales.
Aquí hay un abuso imperdonable hacia un pueblo que busca en estos eventos un escape a la asfixiante situación económica, que pese al tan promocionado crecimiento de la economía, sigue sin que ello se traduzca en su bolsillo y en su despensa. Somos mayoría los panameños y panameñas que no tenemos para comprar el tanquecito de gas y que, inducidos por la apabullante publicidad, terminamos gastando lo poco que tenemos, en incomestibles tarjetas prepagadas. Hemos llegado al extremo inaudito y cínico, que teníamos prohibido el ingreso de estudiantes a los centros escolares con celulares; pero cuando se trata de acrecentar los ingresos de las transnacionales, no sorprende entonces que un viceministro autorice su uso y se suspendan los exámenes bimestrales en algunas escuelas, para que miles de muchachos trabajen gratuitamente a favor de causa tan “noble”.
Siempre he sido y seré un fiel creyente de la solidaridad como una de las vías para la solución de los grandes problemas nacionales. Ojalá llegara ese día en que con la misma intensidad que se promueven estos reality show para el lucro y el enriquecimiento de estas megaempresas internacionales, el gobierno, los empresarios, los medios de comunicación y en fin, toda la sociedad, nos uniéramos en una cruzada para combatir la pobreza, la miseria y el hambre.
Hagamos una teletón por los niños indígenas que mueren de desnutrición allá en la cordillera perdida; por aquéllos que se acuestan sin comer, por los miserables, por los olvidados, por los enfermos que están en los hospitales y que mueren, día a día, por la carencia de recursos para que sus enfermedades sean atendidas; en resumen, unámonos todos en un haz de voluntades para que elevemos nuestros niveles de conciencia colectiva y no sigamos siendo víctimas de los piratas modernos que inventan con inteligencia, tengo que reconocerlo, cómo saquearnos con embustes emocionales y, lo que es peor, con nuestro deliberado consentimiento.
El autor es secretario general de la Asociación de Empleados de la Universidad de Panamá
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