RECORDATORIO.
Gustavo Araújo, la lucidez de una mirada
Rosina Ynzenga
nacionales@prensa.com
“Me gusta la playa, el surf y parquear con mis amigos; regar las plantas y sobar los gatos. También me gusta visitar a mi mamá y me caen bien los músicos. Me gusta cocinar e ir al causeway con Dominique. Yo creo que soy un man normal...”. Así se definía Gustavo Araújo. Palabras dichas hace tiempo y recogidas en una entrevista publicada en Photitos donde deja parte de sus ideas, de sus sentimientos y de esa forma tan especial de vivir la vida. Una vida truncada, pero que deja tras de sí un sinfín de amigos con palabras hermosas sobre una persona que sabía mirar de una manera especial.
De joven se volcó en la música; después la fotografía fue su modo de narrar, y en los últimos tiempos se dedicó a la pintura. “Es un riesgo, pero me gusta pintar. Me dedico a ello casi todos los días que puedo. Es un paso complicado en el que estoy arriesgando todo y hasta dedicando mis ahorros. Me siento bien en mi estudio”, me contó Gustavo tres días antes del accidente. Con su deslizarse por la vida sin hacer ruido, pero dejando tras de sí sonido, Gustavo había elegido la pintura como otra forma de contar lo que su mirada veía.
Tanto detrás de la cámara fotográfica, de una cámara de video o de los pinceles, Gustavo Araújo reflejaba esa forma de vivir la vida que definen sus amigos. “Mi hermano hizo lo que quiso a los 20, a los 30 y a los 40. Hay gente que espera a los 70 años para hacer lo que quiere, Gustavo lo hizo siempre”, reconoce su hermano Walo. Son palabras que se entrecruzan con las de la fotógrafa Sandra Eleta, que lo define como “entregado a la vida. Abierto a lo que creía, a las olas del mar, a los amigos y sobre todo, una persona absolutamente incondicional. Compañero de la vida, de la fotografía, de las ideas y de los sentimientos. Gustavo era para mí como el hijo que nunca tuve”.
Y con esa pasión por lo que le tocaba vivir en cada momento, demostró que se podía ser artista, fotógrafo, pintor, si era honesto y lúcido con lo que creía, como resalta su hermano Walo, en cada momento. Un estilo que le abrió la esperanza a mucha gente joven. “Era crítico, tenía sensibilidad y sobre todo intuición. Por estas cualidades muchos jóvenes hoy creen que se puede ser artista gracias al ejemplo de Gustavo”, resalta Walo.
Una carrera artística donde demostró, sobre todo, tener “ojo” para mirar al mundo, para ver a su alrededor con curiosidad y sin miedo a preguntar y obtener respuestas como señala su amigo Orosman de la Guardia. Eso le llevó a sentirse “en paz con el estilo de vida que había logrado. Hacía lo que quería como le gustaba”, confiesa Ramón Zafrani.
Sus ganas constantes de aprender, de profundizar en los temas y saber lo que estaba haciendo, le llevó a dar pasos en una carrera profesional marcada por el arte en la fotografía publicitaria, musical, de moda, artística y, por último, en la pintura. Era una mirada más pausada, pero acorde con lo que le contó a Ramón Zafrani: “Pinto porque necesito ese momento con los pinceles y el lienzo”. Ahora sus familiares y amigos han perdido una persona excepcional, pero la cultura panameña se ha quedado huérfana de un artista. Un artista con mayúsculas.
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