SOCIEDAD.
Para convivir en tolerancia
Priscilla Delgado
opinión@prensa.com
Tras la noticia de la pérdida de las 42 estatuas de bronce, nadie habla, nadie sabe nada y, al final, todo indica que se le quiere restar importancia a este hecho tan bochornoso, como muchos otros que no vale la pena mencionar.
Es evidente la anarquía total que vivimos y respiramos, una forma de verificar esto es observar cómo conducimos nuestros automóviles, ciertamente en calles ya colapsadas y en las que no cabe un vehículo más. En vez de ser tolerantes frente a esta incontrolable situación, vemos con más frecuencia el “juega vivo” en la forma de conducir, vemos a conductores que amedrentan a los otros, con las consecuencias de más de 50 accidentes diarios en las calles de la ciudad, lo que a su vez produce más tranques descomunales.
A pesar de este panorama, aún nos quedan los valores típicos de nuestro pueblo, que son el gran activo con el que contamos. Cuando un extranjero llega a nuestro suelo, el primer contacto lo tiene con los taxistas, por lo general, gente amable y cariñosa. Aunque algunos manejan muy mal y, posiblemente lleguemos al sitio adonde vamos con el corazón en la boca, la sensación que nos dejan es que estamos en una tierra de gente buena y de sonrisa amplia.
No pierdo las esperanzas de que el sistema mejore, aunque vemos con pena que la delincuencia también se está trasladando al sector transportista.
Como somos costeños, nos guste o no, nos preciamos de hacer las cosas en cámara lenta, de llegar tarde a todos los lugares, además, se nos acredita como gente a la que no le gusta trabajar y hay mucho de cierto en esto.
Con el boom que vivimos, es cada vez más difícil conseguir buenos empleados. Pareciera que todos quieren un empleo más que un trabajo, que es una cosa absolutamente diferente, de allí que se contraten en muchos puestos a los extranjeros que viven en Panamá.
Todos los días escuchamos quejas de que los extranjeros nos quitan el “pan nuestro de cada día”, yo estoy en desacuerdo con este sentir de algunos, porque eso no es del todo cierto. Pienso que, más bien, nos dejamos quitar el trabajo, por la falta de verdadera formación, tanto la formal que es la académica, como la general, que es la cultura. Esta última se adquiere por diferentes fuentes, una de ellas y creo que la más importante es la lectura.
Si supiéramos aprovechar el gran enriquecimiento cultural que nos provee la migración, con seguridad, este sería un mejor país. Convivimos con toda suerte de extranjeros y debemos aprender de ellos, de su cultura, de su riqueza, de su forma de ver la vida y, sobre todo, de lo que significa tener que emigrar a un país de distintas costumbres, y que los lleva a ejecutar el trabajo que les toque en suerte, pero con la diferencia de que tratan de hacer con excelencia.
Este fenómeno fue el que enriqueció a Estados Unidos, con la migración de miles de miles de latinoamericanos que hoy día son la tercera fuerza en ese país. Aprendamos de los extranjeros, nadie le quita el pan a nadie. Con esto no estoy desvalorando lo propio, pero es cierto que para competir hay que prepararse y eso es, precisamente, lo que tenemos que hacer, prepararnos para convivir en tolerancia.
La autora es presidenta de la Fundación Leer
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