CAMPAÑA NEGATIVA.
Hacia la recta final
Sergio Muñoz Bata
El lunes de esta semana (6 de octubre) se cumplió el límite para registrar a nuevos votantes en 6 de los 11 estados considerados cruciales para ganar la elección presidencial estadounidense del 4 de noviembre.
Los datos preliminares, reportados por las autoridades electorales de los 11 estados clave, indican que en lo que va del año, aproximadamente 4 millones de ciudadanos se han registrado para votar por primera vez en su vida. Además, el incremento del padrón muestra que el Partido Demócrata es el que se ha llevado la mejor parte.
Más allá de cualquier consideración partidaria, la noticia del aumento al registro de posibles votantes es alentadora. Si esta se traduce en una mayor participación electoral, la democracia en Estados Unidos se habrá fortalecido enormemente. A diferencia de lo que sucede en otros países democráticos, como por ejemplo, Alemania o Dinamarca, donde en promedio el 90% de los electores registrados vota usualmente, en Estados Unidos en una elección legislativa o intermedia como se les conoce aquí, el promedio de votantes ronda el 33% mientras que en la presidencial es de aproximadamente el 50%.
Pero los datos de la realidad aportan también una lectura inequívoca que es muy favorable a los demócratas. Sobre todo si recordamos que en la elección de 2004, George W. Bush ganó la elección gracias a los resultados en Ohio, Florida, Georgia, Carolina del Norte, Virginia, Indiana, Missouri, Colorado, Iowa, Nevada y Nuevo México.
Hoy la situación está cambiando. En Colorado, por ejemplo, el empadronamiento de republicanos registra una pérdida de 8% en relación a 2004, mientras que el bando demócrata ha tenido un modesto incremento del 1.4%. En Nevada, el cambio ha sido más dramático: los demócratas han tenido un aumento del 28.9%, muy superior a la ganancia de los republicanos que ronda el 10.8%. Algo parecido sucede en Pennsylvania, donde el avance demócrata es del 9.3% y el retroceso republicano es del 5.8%. En la Florida, los demócratas muestran un crecimiento del 3% contra cero de los republicanos y en Carolina del Norte los demócratas aumentan un 5.3% contra un 2.6% de los republicanos.
Desafortunadamente, a escasas tres semanas de la elección y percatándose quizá de que no hay manera racional de evitar cargar con el peso de la crisis económica del país que a diario empeora, a pesar de los rescates multimillonarios, los republicanos han redoblado su estrategia de campaña para desprestigiar a Obama con cargos falsos e insinuaciones perversas.
La semana pasada en California, por ejemplo, la candidata a la vicepresidencia por el Partido Republicano, Sarah Palin, acusó a Obama de ser “amigo de terroristas que atacaron a su propio país”. Según Palin, Obama, quien nació en 1961, es co–responsable por las actividades que un grupo radical de izquierda estadounidense realizó a finales de la década de 1960, porque dos décadas después coincidió en la junta de directores de un grupo pro educación en Chicago con uno de los dirigentes del otrora grupo radical y aceptó una invitación para recaudar fondos en su casa.
La acusación de Palin es tan ridícula que en circunstancias normales sería risible. El problema, sin embargo, es que este tipo de tácticas son las mismas que utilizaron, ganando enormes dividendos, el actual Presidente y su padre en sus respectivas campañas presidenciales.
El dilema para Obama es que si mantiene su decisión de no responder adecuadamente a las acusaciones frívolas de sus oponentes y contraataca con fuerza, correrá la misma suerte que John Kerry, Al Gore y Michael Dukakis. Los tres estuvieron en un determinado momento adelante en la preferencia de los votantes, pero perdieron por no haber sabido defenderse adecuadamente de las acusaciones infundadas y mal intencionadas de sus opositores. Y este es el mayor riesgo que hoy corre la candidatura presidencial de Barack Obama.
El autor es miembro del consejo editorial de ‘Los Ángeles Times’
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