INSEGURIDAD.
Y llegó el lobo
María Mercedes de Corró
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La engañosamente plácida mañana del domingo 5 de octubre, a eso de las 9:00, tres jóvenes maleantes sin máscara ni conciencia irrumpieron en el hogar de David y Carolina Hennessy, extranjeros de nacimiento, panameños por adopción. David no les hizo el trabajo fácil –como aconseja el sentido común– sino que los desafió con puños, patadas y cuchillos. Salió golpeado, ensangrentado y en ambulancia; la osadía casi le cuesta un ojo de la cara, literalmente.
El incidente no tendría por qué ser noticia ni siquiera novedad; en Panamá, ocurren robos, asaltos y crímenes a toda hora, todos los días. Aun así, el caso de los Hennessy me llena de indignación, no solo por el cariño y admiración que ellos inspiran, sino porque, como persona domiciliada en La Cresta, he sido testigo de las múltiples ocasiones en que David –vecino vigilante por antonomasia– ha gritado “viene el lobo, viene el lobo”, sin que nadie le prestara mayor atención.
Resulta que, al lado de su hogar, vegeta un cascarón de fachada color naranja que sirve de refugio a antisociales, drogadictos y pervertidos. A los Hennessy les ha tocado enfrentarlos, a veces solos, a veces con ayuda de la Policía; sin embargo, lo más que han logrado es ahuyentarlos temporalmente.
Hace casi dos años, en noviembre de 2006, un grupo de residentes nos organizamos y, gracias al apoyo del representante del corregimiento Virgilio Crespo, sostuvimos una reunión con voceros del Municipio, de la Corregiduría y de otras instancias del Estado, a quienes les pedimos encarecidamente que hicieran algo al respecto de las casas y terrenos abandonados, entre otros problemas que afectan al barrio. Todos se mostraron afables, dispuestos, luego desaparecieron.
Fuera de Crespo, que alumbró las áreas oscuras con un costoso sistema que los piedreros no tardaron en confiscar, ninguno hizo nada. Absolutamente nada. El tiempo pasó y trajo consigo nuevas contrariedades; otras familias fueron despojadas por la fuerza de bienes de mucho valor: la tranquilidad, por ejemplo.
Preocupados por la creciente ola de asaltos, nos volvimos a reunir con los portavoces de la Policía. Pedimos más rondas; nos las negaron por “falta de recursos”. Pedimos que nos explicaran el sistema de “vecinos vigilantes”, lo hicieron “con mucho gusto”. Finalmente, les rogamos que, al menos, nos ayudaran con el tema de las viviendas abandonadas. Entonces, vino el lobo…
En Panamá, el nivel de incompetencia de los funcionarios es vergonzoso; el mal manejo de los recursos públicos, alarmante; pero, como esas han pasado a ser verdades de Perogrullo, quiero referirme a la falta de conciencia social y sentido de comunidad de los ciudadanos.
Individuos como los propietarios de la “guarida” que puso en peligro la vida de los Hennessy, viven de espaldas al daño que causan al medio ambiente, a las ciudades, a los pueblos, a las comunidades y a los moradores de estas. Estos señores, o al menos su apoderado legal –abogado de cuyo nombre no quiero acordarme–, conocen de esta situación desde hace varios meses. No obstante, como no los afecta directamente les dieron la espalda.
El percance dejó heridas graves, mas no logró doblegar el ánimo emprendedor de Carolina y de David. El mismo día del asalto, desde su cama de hospital, él me dijo: “espero que el barrio pueda usufructuar del incidente”. Lamentablemente, pensé, la experiencia pasada no permite albergar esperanzas en ese sentido.
Se quemó un bus con pasajeros dentro y nada cambió para los usuarios del transporte colectivo; se envenenó un número importante de pacientes y todo sigue igual en la Caja de Seguro Social. Se actúa impunemente allá y acuyá. Pero aquí no ha pasado nada ni pasará, hasta tanto los panameños entendamos que hay un punto en donde esas dos vacas sagradas, la resignación y la tolerancia, se despojan de su disfraz de virtuosas y se transforman en un binomio aborrecible: desidia y cobardía.
La autora es economista y periodista
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