VIENE DE LA 1B. EL INSAM YA NO SIGUE EL ANTIGUO MODELO DE ASILO MANICOMIAL.
Inquilinos abandonados
Diversos trastornos mentales cambiaron la vida de panameños que fueron separados de la sociedad.
| LA PRENSA/Carlos Lemos |
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| ATENCIÓN. Las personas con discapacidad mental tienen derecho a ser respetadas, dice la psiquiatra Lucía Alleyne. 1099451 |
Diana N. González
digonzalez@prensa.com
A sus 85 años, Elvira Acosta prefiere quedarse soltera hasta que la muerte la sorprenda. Sus blancos y largos cabellos cuelgan sobre sus hombros, como el sufrimiento en su corazón, tras haber sido abandonada por su padre en la institución entonces llamada Matías Hernández, que ofrecía atención a los enfermos mentales.
“Él (mi padre) había conocido una mujer y se quería casar, pero decía que yo era un estorbo. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña”, cuenta Elvira, sin dejar correr ni una sola lágrima por sus mejillas.
Desde 1959, jamás volvió a ver el rostro de su papá, aunque sí recuerda que él le repetía que por el resto de sus días le prohibiría conocer a un hombre. Mientras conversaba de forma hilada y coherente, jocosamente irrumpe en el silencio y grita: “¡soy señorita…!”
Una prima lejana que la visitó durante años comentó que, en efecto, su padre la abandonó en este sitio que hoy es el Instituto de Salud Mental de Panamá (Insam), describe la enfermera de esta sala mixta de geriatría.
Sus vecinas de al lado, Ana y María, corren la misma suerte. Fueron abandonadas por sus seres queridos con la única diferencia de que ellas no conversan ni saben diferenciar si es de día o de noche. Ya son como niñas, a quienes hay que darles la comida y atenderlas como si fueran bebés, dice Virginia Franceschi, trabajadora social, quien después de laborar allí por muchos años aún no entiende cómo hay hijos que abandonan a sus padres y cómo hay padres que abandonan a sus familiares.
CASOS DE LA VIDA REAL
Una de las historias que movió toda la estructura administrativa de la institución fue el abandono de Ana Lucía, una mujer interiorana a quien su esposo la dejó allí a los 30 años para separarla de sus dos hijas.
Él se radicó en Puerto Rico y se llevó a las niñas. Sin embargo, luego de 55 años, estas hijas encontraron a su madre en el Insam, siendo ya una anciana que no sabe quién es. Franceschi confiesa que a pesar de todo, le quedó la satisfacción de haber ayudado a la familia a reencontrarse.
En la sala de recuperación viven 26 pacientes. Sus días transcurren normalmente: arreglan sus camas, caminan por el lugar y se recrean. La enfermera Victoria Núñez dice que ellos han aprendido bien el concepto de psicodinámica o terapias para la remotivación, para que no olviden sus habilidades físicas.
Allí también hay historias que conmueven, como el caso de Juan Morales, que ingresó siendo un menor de edad y el tiempo pasó hasta que se convirtió en un hombre. Su trastorno mental fue producto de los sucesos ocurridos el 9 de enero de 1964, el Día de los Mártires.
En esos pasillos también se habla de Nadia, cuya mente se enfermó luego de que su novio la dejara plantada en el altar.
MODELO DE ATENCIÓN
Para la psiquiatra Lucía Alleyne, la larga estancia de los pacientes, de tipo asilar, se dio como parte del modelo de atención anterior en esa institución, que propiciaba que los familiares se desligaran de sus seres queridos.
Pero, señala, el modelo asilar manicomial que se instauró en la época que era el Matías Hernández, quedó en el pasado. Los pacientes abandonados que aún viven allí es porque fue imposible encontrar a sus parientes, dice. Ahora, las autoridades esperan que la sociedad asuma sus roles.
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