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Panamá, martes 7 de octubre de 2008
 

ÉPOCA DE CAMBIOS.

El mundo al revés

María del Carmen Cabello

A simple vista, si observo el paisaje que se ve desde mi ventana, pareciera que nada ha cambiado. El verano se terminó, y en esta ciudad, al atardecer, el sol de otoño tiñe las piedras de oro. Así lo han hecho por siglos. Ahora, la belleza de estos crepúsculos permanece imperturbable, con aire de desafío, mientras el mundo se ha vuelto del revés. El orden establecido ya no es lo que era.

Para empezar, se nos fue Paul Newman, el último casi de nuestros ídolos –y digo casi porque aún nos queda Robert Reford–, mientras surgen otros que venden imagen a cambio de aire. Paul era un referente de una época, de un modo de hacer, de seres humanos que, paso a paso, en ascensos lentos, llegaban a la cima.

La juventud está en alza, y en el mundo laboral, por ejemplo, las empresas han encontrado el método para prejubilar antes de la década de 1950 a gente de trayectoria, y contratar a personas jóvenes que salen más baratas: contratos precarios y sueldos bajos. Necesidades del mercado, dicen. El mundo ha dado un vuelco y trabajo nos cuesta adaptarnos. Y más aún, después de lo que hemos vivido estas semanas.

Apenas nos íbamos acostumbrando a que un país comunista como China practicara un capitalismo salvaje, cuando el Gobierno de Estados Unidos de América, la sociedad del libre comercio, de la iniciativa personal y del sálvese quien pueda, se ha visto obligado a intervenir en el sector privado financiero para evitar la hecatombe.

Y es que no salimos de un asombro para entrar en otro. Esta frase: “La idea de un mercado todopoderoso sin reglas y sin intervención política es una locura... La era de la autorregulación se acabó. El laissez-faire se acabó”. No es de Evo Morales, ni de Chávez, ni de Fidel. Es de Nicolas Sarkozy, conservador y de derechas, quien ganó las elecciones francesas prometiendo menos Estado y más mercado, y que tras la rapidez y la eficiencia de los estadounidenses, ahora que es presidente de turno de la Unión Europea, ha querido hacer lo mismo pero no lo ha logrado. Cada país que integra la Unión velará por los suyos, de forma coordinada, eso sí, porque esto de los bancos en quiebra, con capitales globalizados, es más difícil de parar que una pandemia.

Será que el imperio del capitalismo llega a su fin. Por lo menos, el que hemos conocido como capitalismo puro y duro. La historia se repite. Todos los imperios que en el mundo ha habido tuvieron su época de gloria y su declive. Y todos murieron a manos de la corrupción y de la avaricia. Son ciclos. Lo que sí es cierto es que estas semanas serán históricas. Con el tiempo nacerá un orden nuevo, a saber, pero eso es mucho aventurar. De momento, el mundo está al revés

Quizá esta incertidumbre nos brinde la oportunidad a europeos y americanos de conocernos mejor. El Atlántico separa, y los ciudadanos de uno y otro lado nos manejamos con unos tópicos que asustan. Para un obrero europeo, por ejemplo, ha sido una sorpresa, entreverar, noticia va, noticia viene, que un colega norteamericano no está protegido en salud o en subsidios por el Estado como lo está él. Y los conservadores norteamericanos, que rechazan el progresismo del Partido Demócrata, al que tildan de izquierdista, podrían entender que este está aún muy a la zaga de los partidos socialistas europeos con sus virtudes y defectos. ¿Pero acaso les importa saberlo? Sin embargo, quizá al panameño llano le interese saber que no siempre ser de izquierdas es sinónimo de “ñángara”, aunque leo aún en los medios opiniones en las que no está muy claro que se diferencie el socialismo español, por ejemplo, del de Chávez. Los tópicos y los prejuicios tienen aún más poder real que la información.

El caso es que, informados o no, Estados Unidos ha exportado una crisis mundial y el Atlántico no la ha parado. El baile de millones con que los Estados intentan contener la debacle supera mi capacidad de convertir las cifras en algo concreto. Si la intervención de los Estados salva al contribuyente con dinero del contribuyente, a los que depositaron sus ahorros con fe ciega en el sistema y a los que han perdido sus casas o el trabajo, bienvenida sea. De cualquier forma, y no pretendo ser cínica, ¿o sí? ver los gestos heroicos de Bush o de Sarkozy me produce la misma consideración que el gesto del padre que abandonó al hijo en nombre de la libertad y luego le paga un centro de rehabilitación de drogas. Total, no será por falta de plata…

Mientras escribía se ha hecho de noche. Mañana, las piedras de los monumentos salmantinos, al atardecer, volverán a teñirse de oro. Como lo han hecho por siglos. Es bueno que la belleza no esté sometida a la especulación.

La autora es filóloga


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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