VALORES DESVIRTUADOS.
Olvidar la historia y no reconocer nuestra realidad
Isabel Barragán de Turner
opinion@prensa.com
Cuando me detengo a pensar en las enconadas y bizantinas discusiones que se plantean sobre importantes aspectos de la conducta social de los panameños, tengo que concluir que vivimos en una sociedad que, paradójicamente, es permisiva e intolerante.
La permisividad se ha convertido en la tónica de las ideas que nutren a gran parte de nuestra población. La sociedad debe permitirlo todo, ante todo aquellas conductas que yo practico, no importa cuan aberrantes, dañinas o comprometedoras sean, sobre todo si están de moda, si los más avant gard las practican.
Por el contrario, esta misma sociedad es intolerante con los individuos que buscan su perfección espiritual, que trabajan incansablemente por alcanzar la virtud, por ser honrados, a la manera que nos predicó Martí; que quieren ser útiles, solidarios, creativos, originales y productivos. A esos los miramos mal: no están a la moda, le dan la espalda al mundo real, viven en Bosnia o en una lejana galaxia.
Cuando escucho la pasión con que defienden una u otra orilla de los planteamientos, termino por pensar que las lecciones de la historia no seaprovecharon y que, añadido a esto, no estamos muy enterados de cómo nos comportamos como pueblo. Porque por una parte, creemos que es novedad, solo porque las denominamos con una nueva terminología (género, en vez de sexualidad o de conducta o rol sexual; privados de libertad, en lugar de presos o reos o encarcelados; libre mercado y crecimiento económico en vez de codicia, lucro desalmado, expoliación, explotación y falta de humanidad), sin embargo, la historia de todas las civilizaciones subraya estos comportamientos cada vez que están a punto de sucumbir los sistemas económicos, sociales y hasta las civilizaciones.
En Sodoma y Gomorra, en el Egipto coetáneo al decadente y corrupto Imperio Romano, en la Francia absolutista, en todos estos estadios del tiempo la sexualidad tenía el sello de lo escabroso, escandaloso y sórdido, además, en esos momentos existió un impulso irresistible por eliminar el concepto de intimidad o de privacidad que en épocas más ecuánimes era indispensable para dignificar nuestro comportamiento sexual.
El sexo, como ahora, debía hacerse con la ventana abierta y las cortinas descorridas, sin importar cuáles fueran las preferencias y las modalidades, el exhibicionismo era indispensable para lograr fama y notoriedad.
La rapiña de los bienes estatales no era un baldón que debía ocultarse, por el contrario, había que hacer gala del buen método que se había usado para robar y quedar impune. Los delincuentes ya no se conformaban con los atracos, dejar cadáveres en los ríos y en los basureros era cosa corriente.
Por otra parte, me asombra que todavía no hayamos aprendido que, como dijo Carlos Fuentes, en nuestros países, las leyes son más ficción que la poesía. Pensar que una ley es una especie de abra cadabra que por ensalmo erradicará las malas prácticas sociales e individuales, es pecar de ingenuo.
En Panamá hay más leyes que individuos y solamente unas poquísimas se respetan y se ejecutan, de vivir conforme al derecho ya estuviéramos en las puertas del paraíso. La
sexualidad no se rige por leyes. Tampoco la hace mejor el conocimiento de un vocabulario técnico–científico. La sexualidad se aprende en el seno de la familia y su ingrediente fundamental es el amor.
Trabajemos por fortalecer la familia; brindarle lo indispensable para que se desarrolle sanamente es, más que un deber del Estado, una necesidad impostergable que incluye, no solo la formación y la educación, también el acceso a la comida, a la salud, a una vivienda digna, al ocio constructivo y, sobre todo, a los buenos ejemplos de los que gobiernan.
La autora es profesora jubilada
|