CRISIS.
Los banqueros metidos a jugadores de ruleta
Frank Rodríguez
El banco recibe su mercancía gratis en las cuentas corrientes y pagando un leve interés en las de ahorro. Nuestro dinero lo alquila a personas y negocios. De cada 10 dólares que le damos al banco, el gobierno le hace guardar un dólar en reserva. Los otros nueve dólares los presta.
Todos los demás negocios del mundo tienen que pagar, antes de impuestos: (1) mercancía, (2) transporte, (3) seguros, (4) planta y equipo, (5) empleados. La banca solo paga el (4) y el (5). La mercancía de los bancos no tiene que mantenerse refrigerada, no se pone vieja, no se daña y, en la mayoría de los casos ni ocupa espacio de almacén, siendo datos digitales.
Lo único que tiene que hacer el banquero es asegurarse de que le van a devolver el dinero prestado más los intereses. Para llegar a su decisión de prestarle a alguien cuenta con: (1) los burós de crédito que le dicen la vida y milagros de la persona o negocio que le pide el préstamo; (2) todo tipo de documentos que, de ser fraudulentos pueden meter al prestatario en buen problema; (3) garantes o gravámenes e hipotecas sobre una propiedad, de forma que si algo sale mal el banco pueda recuperar algo de cuantía.
Es impresionante, luego entonces, que tanto banco haya quebrado. La respuesta es que los banqueros acudieron al único negocio que es mejor que el de ellos, el casino. Adoptaron el modelo de capitalismo de casino, arriesgándose a prestarle dinero a cuanto entró por la puerta, a jugárselas con cualquiera que llevara a su puerta un corredor de hipotecas. Se les olvidó a los banqueros, sin embargo, que es el banco del casino el que siempre gana y no el jugador.
Los banqueros se metieron a jugadores de ruleta, de ruleta rusa, y ahora la cosa está de bala. Hubo otros, los financistas de las casas de inversión, que convirtieron un dólar en 30. Les compraban las hipotecas a los banqueros o directamente a los corredores de hipotecas y las convertían en “instrumentos” y “vehículos”. No, no estaban comprando pianos ni automóviles, pero no se preocupen que nadie entiende qué rayos eran estos “paquetes”. Y mucho menos los extranjeros que confiados en la pericia mercantil de los estadounidenses compraron estos bonos que, hoy por hoy, están tan contaminados como la mente de Hugo Chávez.
Siguiendo el modelo capitalista, los banqueros normalmente restringen sus préstamos a proyectos que entienden y sobre los cuales pueden ejercer algún control. Pero merced a dos instituciones sirenas, medio públicas y medio privadas, Fannie Mae (Franklin Raines, un amigo radioactivo de Obama) y Freddie Mac (Jim Johnson, un amigo radioactivo de Obama), sabían que podían traspasarle el riesgo a estas empresas que pagaban cabilderos para que les dieran dólares a los jefes de los comités de la banca en el Congreso: Barney Frank (D) y Chris Dodd (D) de la Cámara y el Senado, respectivamente. La D es de demagogo, además de demócrata.
Los banqueros también sabían que AIG, la aseguradora intervenida por el gobierno en septiembre al igual que FM & FM, estaba en una desenfrenada carrera por asegurar todo lo que le pusieran por delante, asegurada la aseguradora de que el gobierno (nosotros) no iba a dejar caer a FM & FM. Los banqueros también sabían que las casas son la alcancía del estadounidense, pero que en el resto del mundo había (tiempo pasado, pues hoy no creen en nada) millones de árabes, asiáticos, latinoamericanos, australianos, surafricanos, rusos y europeos ahorrando en alcancías de verdad y ansiosos por invertir en Estados Unidos (todos menos los ayatolás y los bolivarianos). Los banqueros sabían que en Nueva York estaba andando una aspiradora que se llevaba bien lejos todo el riesgo del casino en que ellos jugaban.
¿Necesitamos más reglamentos? No lo creo, reglas ya tenemos, pero no sirven para tomar medidas. Los burócratas encargados de poner estas reglas en vigor me recuerdan al Medio Oriente: ¿Pakistán estos tipos? ¿Irán a trabajar o seguirán dormidos?
Firmas Press. El autor es economista y comentarista político
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