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Panamá, sábado 4 de octubre de 2008
 

CARTAS DESDE EUROPA.

Demostrando el oficio

Camilo José Cela Conde

Cuentan las crónicas que hace cosa de una semana a un joven norteamericano de nombre Abderrahim Jackson, miembro de la compañía de ballet clásico Alvin Alley, le sucedió en Tel Aviv algo reseñable. Los guardias de seguridad del aeropuerto, nada más ver su tez oscura, su porte musculoso y el nombre tirando a árabe que lucía en el pasaporte, albergaron sospechas. No sirvió de nada que enseñase un cartel del espectáculo a representar, en el que figuraba su gracia y apellido. Los policías le obligaron a marcarse unos pasos de baile, glissade, manége, jeté y así, para demostrar que era lo que decía ser.

Un par de días más tarde, el editor hispano–israelita Mario Muchnik envió una carta indignada –con razón– al director del diario que había publicado la noticia denunciando que a él le pasó algo muy parecido en el mismo lugar. Muchnik es judío, como digo, pero no baila. Estaba en Tel Aviv para dar una conferencia y, por ver contentos a los agentes de la ley que no terminaban de creérselo, se ofreció a dictarla allí mismo, junto al arco de la seguridad del aeropuerto e, incluso, sin vaso ni botella de agua a mano.

No sé qué habría hecho yo en parecidas circunstancias, sobre todo en caso de encontrarme de viaje por mar de alguna regata de las que antes solía correr. ¿Gesticular fingiendo que tiro de la driza con gran esfuerzo izando un foque? ¿Advertir a grandes gritos que la boya se acerca? Peor todavía es el supuesto de que me encaminase a algún yacimiento por razones de mi trabajo en la universidad. Hay profesiones fáciles de probar y, por ejemplo, nadie dudaría de la condición de soprano de Kiri Te Kanawa sin más que marcarse un aria a cappella. Pero, ¿cómo hace uno para representar que anda por el campo en demanda de fósiles? De hecho, los movimientos que se me ocurren se parecen muchísimo a los que haría un terrorista que busca un lugar adecuado para ocultar su bomba.

Mis compañeros del departamento de filosofía de la universidad lo tendrán igual de mal. O cruzan las barreras componiendo el gesto de “El pensador” de Rodin, cosa harto difícil si uno quiere, además, seguir andando, o se arriesgan a que el funcionario de turno les interrogue acerca del imperativo categórico y las diversas maneras que hay de expresarlo, casi como en un cuento de Woody Allen.

Sea como fuere, y por no sentar precedentes de agravios comparativos hacia los conferenciantes, profesores y bailarines de ballet, imagino que en adelante las autoridades se pondrán aún más severas en los controles. Es de esperar, pongo por ejemplo, que en nombre del sentido de la responsabilidad obliguen al viajero no solo a descalzarse y a quitarse el cinturón, sino que, de llevar una de esas bolsitas transparentes con el material de aseo, le harán desnudarse del todo y hacer como que toma una ducha, con o sin lavado de cabello, según los casos.

El autor es escritor


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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