EVALUACIÓN CIUDADANA.
La imagen del político en campaña
Penny de Henríquez
opinion@prensa.com
El único instrumento que tenemos los ciudadanos para poner limitaciones al poder es la política, pero nuestra memoria no es buena y con gran facilidad olvidamos lo sucedido en elecciones pasadas. Cada campaña es como un calco de las anteriores con sus ofertas ya bien conocidas como una vieja película vista varias veces: o más de lo mismo, o algo un poco nuevo o una pequeña dosis de lo anterior.
Presentar una buena imagen es un elemento importante en todas las facetas del saber humano, aunque algunos crean que es algo superfluo e innecesario. Los políticos lo saben bien, y por eso casi todos contratan expertos para que les enseñen a mostrar la mejor y la más convincente de cada uno, a proyectar las virtudes y esconder los defectos para convertirlos en el próximo inquilino del Palacio Presidencial.
La construcción de una buena imagen implica varios componentes, divididos en “el empaque” y “el contenido”, o sea aquello que se ve en el exterior y lo que se ubica en el interior de la persona pero que percibimos cuando la escuchemos o cuando la vemos, y es allí en donde hay que tener cuidado, ya que el público está evaluando constantemente las actuaciones por medio de la imagen presentada.
Pero una cosa es querer demostrar una buena imagen, y otra muy diferente es poner la imagen por encima de lo demás olvidando el contenido de los programas, las promesas y propuestas al votante. Un político no puede ponerse a la venta como el agua, porque este es un elemento vital en la vida del hombre y el político no lo es de ninguna manera.
El actor principal de una campaña, el candidato, no debería nunca destacarse más que su mismo rol en dicha campaña, ya que la edificación del poder no puede supeditarse a algo tan perecedero y quebrantable como es la imagen del personaje.
Los candidatos han creído que mientras más propaganda, vallas y cuñas publicitarias presenten en los lugares y situaciones más disímiles que pueda uno imaginarse, mayor será el número de votos que atraigan.
Contrario a lo que dice el viejo adagio “La mujer del César no solo debe serlo sino que debe parecerlo”, yo creo que lo que los ciudadanos en general esperamos de los candidatos es que “además de parecerlo, lo sean”.
No basta con que se vistan bien, estén bien acicalados, sepan mirar a la cámara, sonreír, contestar correctamente a todo tipo de preguntas y alternar con el pueblo en escenarios fabricados con fondos de dolor y desdicha mientras cargan y besan a niños llorosos hartos de hambre y miseria.
El candidato ideal debe ofrecer respuestas a los problemas del pueblo sin culpar a quienes los generaron y no hicieron nada para cambiarlos, porque atribuirle los males al gobierno anterior no resuelve ni procura satisfacción a nadie, y lo único que nos hace pensar es que ellos tampoco los resolverán, puesto que no tuvieron la culpa.
El candidato debería saber que si mañana nadie inventara una nueva afeitadora automática nada grave pasaría en la vida de nadie, pero que si los políticos no se remozan con grandes vientos de cambio, tanto ellos como nosotros, todos perderíamos.
Entre sus ofertas debe estar la búsqueda de soluciones a todo aquello que se pueda y que esté seguro de lograr; para lo demás debe aceptar con objetividad que no sabe cómo pero que tratará, sin generar mayores expectativas de las que podría cumplir, porque no hay nada peor que el político que todo lo sabe y todo lo puede… de esos, líbranos Señor.
La autora es asesora de etiqueta, imagen y protocolo empresarial y social
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