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inseguridad. Casos se reportan desde El Chorrillo, Las Cumbres, Curundú, tocumen y Santa Ana.
Niños, víctimas de la violencia
Hasta septiembre de 2008, 37 niños con heridas de bala han llegado al Hospital del Niño.
Los menores heridos quedan sufriendo, frecuentemente, de daños neurológicos.
| LA PRENSA/Gabriel Rodríguez |
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| Donde impera la actividad delictiva, los niños juegan bajo riesgo. El horario de juego, sin embargo, termina temprano: a las 5:00 de la tarde entran a sus casas, y se pasan los cerrojos. 1096086 |
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Urania Cecilia Molina
umolina@prensa.com
Con sumo cuidado la niña levanta con su mano izquierda la manga derecha de su blusa. Una cicatriz, que podría llegar a confundirse con el rastro de una vacuna, queda expuesta. La señala, sonríe y dice: “Por aquí me entró la bala”.
Hace una pausa y sus manos se mueven ahora hacia los botones de su camisa escolar. Se desabrocha los tres primeros y deja su busto incipiente al descubierto.
A la vista quedan entonces dos grandes cicatrices ásperas y abultadas (del tipo que los médicos llaman queloides). Sonríe otra vez y sentencia: “Iba para el corazón”. Fue eso, al menos, lo que le dijo el doctor que la operó.
Han pasado 24 meses desde que una “bala perdida” impactó el cuerpo de Marilía*, ahora de 12 años. Ese día, ella caminaba por una calle de uno de esos barrios que los organismos policiales denominan como “zona roja”.
Por el balazo estuvo un mes hospitalizada, y durante varios meses asistió a terapia para poder recuperar el movimiento de la mano. Hoy cuenta con naturalidad los detalles del día en el que fue herida, pero Marilía admite que sigue con miedo.
Inocencia lastimada
Con el aumento de la circulación de armas ilegales de fuego, su uso indiscriminado y las guerras entre pandillas, los casos como el de Marilía son cada día más frecuentes (ver cuadro de decomisos).
Guzmán Aranda, neurólogo del Hospital del Niño, cuenta que sí, que de un año para acá el número de atenciones médicas a menores heridos por armas de fuego ha aumentado: hasta septiembre de 2008, el número de casos atendidos fue 37. Durante todo 2007, se atendieron un total de 30.
La mayor parte de las veces, explica Aranda, las víctimas son niños de entre 10 y 14 años. Los menores de cuatro años son los menos, dice.
En cada uno de los casos, Aranda ha aprendido a no hacer muchas preguntas porque, según dice, es poco lo que los padres quieren contar.
Terreno peligroso
Residentes en barrios peligrosos, los niños que atiende el neurólogo son heridos en su propio entorno, mientras caminan por una calle, una vereda o un callejón.
No a todos, sin embargo, la experiencia les impacta igual. Marilía, por ejemplo, aunque recuerda con algo de temor el incidente, no aparenta sufrir traumas. Su maestro dice que es muy inquieta, al igual que muchos de sus compañeros de salón.
Pero el caso de Apolonio* es diferente. Vecino del barrio de Marilía, cuando tenía 14 años una bala le entró por una pierna y desde entonces abandonó la escuela.
Los informes de Aranda indican que las balas regularmente impactan las extremidades inferiores y el abdomen de las víctimas, aunque también hay casos más graves: el proyectil penetra en el cráneo. “Hemos tenido tres casos este año”, dijo el galeno.
Aranda explica que como regularmente las heridas son en las extremidades inferiores, los menores quedan con un trastorno de la marcha. Pero las secuelas, advierte el neurólogo, están estrechamente relacionadas con el mal que el proyectil causa al momento de entrar al cuerpo y el lugar exacto en el que sufra el daño la médula espinal.
*Nombres ficticios.
Ambiente y afecto en el desarrollo
El ambiente afecta el comportamiento en el que se levantan los niños, explica Aymara Pinzón, psicóloga del Ministerio de Desarrollo Social (Mides).
Esto ocurre, dice Pinzón, porque la parte mental y la emocional son fundamentales en su desarrollo, y las experiencias negativas y positivas que reciben mientras crecen, forman su carácter.
Sin embargo, en esta sociedad hay algunos niños que no reciben este tipo de atención, porque sus padres no se la brindan.
Algunos de ellos viven en medios hostiles y crecen imitando estos patrones, al punto que llegan a creer que la violencia es el comportamiento normal y que todas las situaciones de la vida se resuelven mediante un acto violento.
Pero para Pinzón, además del entorno hay otras influencias internas y externas que abonan el comportamiento violento de algunos jóvenes. Están los videojuegos, por ejemplo, que si no están bien canalizados pueden afectar también el comportamiento.
Otra de las situaciones que pueden llegar a contribuir negativamente en el desarrollo emocional de un niño es la desintegración del hogar, o cuando los padres y madres, por trabajar fuera de casa, no les brindan los cuidados físicos y emocionales que estos requieren.
Con la angustia, el recelo y el miedo como vecinos
No se trata de divertidas historias de juego o recreación. Son relatos de cambios de patrones de vida que en lugares como Samaria, en el distrito de San Miguelito, ayudan a la comunidad a mantenerse con vida.
Alys*, de ocho años, vive allá donde la gente se encierra a las 5:00 p.m. para evitar que una bala les acabe la vida . “Siempre tengo miedo”, dice Alys, y agrega que su temor aumenta cuando está sola en casa. “Si me pasa algo, ¿quién me ayudaría?”, se pregunta.
Por su lado, Vanessa*, de 14 años, explica que cuando sale de la escuela corre a la casa, porque después de la 5:00 p.m. siembre se forman las balaceras. “Lo peor es que mi última clase termina a la 5:36 p.m.”, dice. Siempre tiene miedo, además, por su mamá. A veces llega y ella no está.
“Si le pasara algo... imagina”, dice, mientras en su cara aparece un gesto de angustia.
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