LOS INICIOS DE ‘LA PRENSA’.
Recuerdos de aniversario
Guillermo Sánchez Borbón
opinion@prensa.com
El mes pasado este periódico estuvo de aniversario. No sé cuántos añitos cumplió. Después de cierta edad, deja uno de llevar cuenta del tiempo (esa tarea se la dejamos a nuestros enemigos). En cambio, recuerdo vívidamente cuando empecé a trabajar en La Prensa. Yo había escrito un par de articulillos para la página de Opinión. Y arrancado, como siempre andaba, el periódico me tentó con la oferta irresistible de un trabajo (de un sueldo) fijo. Era pequeño el salario, pero después de vivir varios años en el arrebato, resultaba (para mí, al menos) tentador.
Empecé como corrector de pruebas. En vista de que todavía no dominaba los misterios (para mí insondables) de la computadora, dictaba mis correcciones a una secretaria, que luego las pasaba en limpio a la computadora. Así trabajamos un par de semanas, sin más inconveniente que mi torpeza y lentitud.
Durante ese tiempo ocurrió algo que me sumió en insondables cavilaciones. A la sazón había en el diario una pequeña nevera, que todos usábamos. Ahí guardaba mi secretaria su lonche. Pero un día, cuando ella se disponía a comérselo, comprobó, con un principio de pánico, que alguien se le había adelantado. Al día siguiente, la misma historia.
Entonces discurrió una venganza espantosa: una noche inyectó su modesta cena con una jeringuilla llena de uno esos purgantes líquidos modernos sin sabor y sin olor. Yo no me di cuenta de lo ocurrido, sino hasta la noche siguiente, cuando la agraviada misma me relató, confidencialmente, su hazaña. Desde entonces han transcurrido más años de los que me gustaría tener, y es la primera vez –cuando ya no le haría daño a nadie– que cuento la hazaña de mi secretaria.
El jefe de la sección internacional era Humberto Kalamari. Él, cómo yo, venía de un mundo en que la última palabra en materia de invenciones ingeniosas era la máquina de escribir. Nada nos había preparado para el nuevo mundo de la cibernética en que habíamos caído (o al que nos habían empujado). Él –mucho más inteligente que yo– fue uno de los primeros en descifrar sus misterios (para mí insondables). Yo tardé un par de meses en reconciliarme con la computadora, a la que, durante mi aprendizaje, insultaba con tacos que no he vuelto a oír desde entonces.
Nuestras oficinas estaban bastante cerca, y oía claramente los tacos. Yo pensaba: Dios es muy viejo y, a lo mejor, el día menos pensado decide castigar al rey de los tacos; pero como es tan viejo, a lo mejor no ve muy bien, y en vez de fulminar al blasfemo, me fulmina a mí. Claro es que, como todos los adictos a los tacos, Calamari era profundamente religioso. Mi amigo Ricardo Silvera decía que ningún verdadero ateo blasfema. “Porque –explicaba– a quién insultar si uno no cree en Dios”. A alguien –muy adicto a los tacos y que se jactaba de ser ateo- Ricardo lo fulminó con estas palabras terribles: “tú no eres ateo, tú eres enemigo de Dios”. No era el caso de Humberto, muy aficionado a los tacos, pero obsesionado con Dios y con los ritos religiosos, que se sabía de memoria.
Cuando veo el actual equipo ultramoderno de La Prensa (dotado de una memoria electrónica prácticamente ilimitada) recuerdo aquel, tan desmemoriado y neurótico, en que nosotros nos iniciamos. Cuando más entretenidos estábamos todos, trabajando, sonaba un timbrazo ominoso y la voz alarmada (y alarmante) de Montero: salven el material, salven lo que puedan. Demasiado tarde para mí. Yo estaba muy entretenido escribiendo mis ñamerías y la advertencia siempre llegaba demasiado tarde para mí. Recuerdo una ocasión en que tuve que escribir cinco veces la columna, que al parecer no era del agrado de la memoria electrónica, porque las cinco veces me la borró.
Cuando regresé del exilio, me encontré con la novedad de que los gorilas –prisioneros de su pensamiento mágico– habían resuelto cortar el problema por lo sano, destruyendo completamente la rotativa; pero eran tan ineptos, que ni siquiera fueron capaces de hacerlo bien. Y entre el técnico del Star and Herald y Pancho Arias, en dos o tres días pusieron a funcionar precariamente el armatoste. Una multitud esperaba afuera la edición. Y a medida que salían los ejemplares, desaparecían en las manos ávidas de los lectores. Imprimimos unos cien mil ejemplares, y todos se vendieron a la entrada (o a la salida) del diario. La estupidez de los militares les impidió incluso destruir el diario. No voy a aburrir al lector con el resto de la historia. Baste con decir que hoy La Prensa no solo es el mejor periódico del país, y el de mayor circulación, sino que se edita –a una velocidad de vértigo– en el más moderno equipo que ha tenido el país. Gracias –en no pequeña parte– al cretinismo de los militares.
El autor es director asociado de ‘La Prensa’
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