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Panamá, lunes 29 de septiembre de 2008
 

EN BUSCA DE EXPLICACIONES.

Mister Lang también desapareció

Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net

La noticia ni siquiera me hizo pestañear. Recibí, imperturbable, los detalles sobre la desaparición de varias esculturas del conjunto Juegos de Antaño, arrumadas en un depósito del Parque Omar, bajo la administración del Despacho de la Primera Dama y la custodia del Servicio de Protección Institucional (SPI), ¡qué ironía el nombre! ¿Se secó la fuente de donde manan mis asombros? ¿Se acabó, ¡kaput!? Así parece, a menos que resulte recurso renovable. Porque parece que lo poco que quedaba lo consumió la audaz y descarada demanda que recientemente presentó el comerciante Jean Figali contra el Estado panameño, 261 millones de dólares por daños y perjuicios, y por 40 millones contra dos funcionarios.

Después de Figali, difícilmente puede asombrarme que 20 figuras de niños y 22 aves de un conjunto de 21 figuras humanas y 180 piezas (150 palomas y 30 objetos de juegos) de metal pesado hayan sido mudadas cual si hubiesen sido piezas de origami. En este país rico en fantasías, trucos, espejismos y realismo mágico todo puede suceder. Si no lo cree, nada más échele una mirada a algunas candidaturas en fila para las próximas elecciones.

O siga de cerca la maraña que se está tejiendo alrededor del accidente del helicóptero SAN–100; un caso en el que yo, de haber sido Presidenta de la República, y ante documentos que dan pie para estar severamente preocupados por lo que de ellos se deriva, hubiera separado del cargo, aunque hubiera sido temporalmente, tanto al ministro de Gobierno y Justicia, como al director del Servicio Aéreo Nacional, gesto que se merecen, para su tranquilidad, los familiares de las víctimas y el Gobierno chileno; y para evitar sombras de dudas sobre “manos peludas” en las investigaciones.

Volviendo a los “muñequitos” (como los llamó recientemente la ex presidenta Moscoso), dice un refrán que “Lo que mal empieza, mal acaba”. Juegos de Antaño, obra del colombiano Héctor Lombana Piñeres, nos costó un cuarto de millón de dólares; desde que se suscribió el contrato con el escultor, el 30 de octubre de 2000, se desató una polémica pública por los términos del contrato, que fue objetado por la Asociación Panameña de Artistas Plásticos que denunció ante la Contraloría General la concesión del contrato sin licitación, y que la obra había sido “sobrevalorada” (La Prensa 12/9/2008).

Como dato adicional, que la Contraloría no informó de los resultados de esa investigación, que se abrió de manera formal (¡ja!, en tiempos del contralor Weeden) mediante resolución S/N 93-2000-DGA del 28 de febrero de 2002. Resulta harto sospechoso que no aparezca documentación con la historia completa de esta obra, que permita determinar qué institución es responsable por ella; quién ordenó llevarlas de Atlapa al Museo (el de los líos de doña Ruby Moscoso/Taiwan), y de allí, en el gobierno actual, a un depósito en el Parque Omar. ¿Fue que alguien dijo, por puro berrinche: “Oye, coge un camión y quita esas figuras de donde están y guárdalas donde no se vean”? ¿Ordenó alguien sacar del parque las esculturas y llevarlas a otro lugar?

Ante un misterio de tantas toneladas de niños y aves desaparecidas, estoy intentando encontrar alguna explicación. Nadie sabe cuándo ni cómo sucedió el ¡abracadabra, piérdanse! Buscando posibles explicaciones y tratando de poner a salvo las piezas restantes quise documentarme sobre desapariciones. Estos son algunos de los casos que encontré. En 1880, mister Lang, un granjero texano, salió de la casa para ir a ver unos caballos, y a pocos pasos, ante la vista de su esposa, sus hijos y de un juez que por allí pasaba, ¡desapareció, se evaporó sin dejar rastro! El 12 de agosto de 1915, en Turquía, desapareció todo un regimiento británico, el Quinto de Norfolk, después que entrara en una nube. Bastante información existe sobre más de cien desapariciones sin rastros entre 1872–1997 en el Triángulo de las Bermudas (Bermudas, Puerto Rico y Fort Lauderdale): aproximadamente mil personas desaparecidas en aviones, barcos, cargueros militares.

Hay quienes sostienen que han visto Objetos Voladores no Identificados (OVNI), y que pasan por aquí esos seres raros, cabezones, que de vez en cuando se llevan terrícolas para donde sea que viven; es lo que dicen los que creen en los OVNI y en el E.T. de Spielberg. Entonces, ¿no podría ser que los Juegos de Antaño corrieron la misma suerte que el evaporado señor Lang? ¿O que por aquí pasó algún OVNI con inclinaciones artísticas y se dijo: “Qué lindas figuras, me las voy a llevar”?. ¿Fue que una nube se posó sobre el depósito en el Parque Omar y “nubelizó” las figuras, y andan por allá arriba convertidas en nubes? Me inclino por estas posibilidades más que por un percance en el lejano Triángulo de las Bermudas.

La verdad de todo esto, ya en serio, es que es una vergüenza el desaliño (¿premeditado?) con que se manejaron la documentación y los traslados; y haber arrumado en un depósito las esculturas. Es imposible asimilar tanta tolerancia hacia funcionarios que no asumen su responsabilidad, como en este caso de “pasarse la bola”. Y peor aún: que esa tolerancia conduce a lo de siempre: a la impunidad, mensaje perverso que fomenta el delito. Si escarbamos un poco en la historia del país, ¿cuántos casos resueltos recuerda usted? Entonces… mejor nos irá comunicándonos con San Antonio de Padua, el que ayuda a recuperar objetos perdidos.

La autora es comunicadora social


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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