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Panamá, lunes 22 de septiembre de 2008
 

ECONOMÍA DE LIBRE MERCADO.

Matar al mensajero

1092932Francisco J. Íbero
opinion@prensa.com

En la antigüedad, ciertos reyes mandaban en ocasiones a matar a los mensajeros que traían malas noticias. En este artículo pretendo mostrar que nosotros hacemos algo parecido respecto a los precios.

Los precios son el mecanismo de coordinación en una economía de libre mercado. Nos ofrecen información en una forma que todo el mundo puede comprender. Sintetizan información sobre la abundancia o escasez relativa de bienes y servicios, la valoración que millones de personas hacen sobre los mismos y la disposición a adquirirlos o prescindir de ellos.

Lo que hay que entender es que los precios revelan una realidad económica subyacente, y que no tiene sentido querer cambiar los precios sin cambiar la realidad. Tratar de hacerlo es algo parecido a lo de Groucho Marx: “Señora, estos son mis principios; si no le gustan, aquí tengo otros”.

Los precios son también mensajeros. Por ejemplo, los precios altos traen diferentes noticias a los productores y consumidores. A los primeros les dicen que produzcan más. A los segundos, que ahorren, busquen mejores precios, utilicen sustitutos, y traten de aumentar sus ingresos.

Una de las respuestas a los aumentos de precios, tan vieja como la humanidad, es buscar un villano a quien cargar las culpas. La función del villano es ayudar a la gente a descargar su frustración. Los villanos suelen ser los comerciantes y losintermediarios en general.

El año pasado tuvimos en Panamá un episodio clásico en el caso del arroz de primera. Cuando los productores, por razones de costos, subieron el precio a 18.5 dólares el quintal en campo, los supermercados pasaron a vender, en promedio, a 42 centavos la libra a partir del mes de septiembre. Casi todo el mundo los acusó de “especular”.

Pues bien, se me ocurrió comparar las series de precios al productor y molinero publicadas por Estadística y Censo con los precios de los supermercados publicadas por la Autoridad del Consumidor. En el periodo 1998–2006, el precio promedio de los supermercados fue de 28.9 centavos por libra, y tuvieron 3.9 centavos para gastos y ganancias. En septiembre de 2007 vendieron en promedio a 42 centavos la libra y tuvieron 4 centavos para gastos y ganancias. O sea, casi seguro estaban ganando menos que antes. Y no me acusen de defensor oficioso; yo compro el 50% de mi canasta alimenticia fuera de ellos.

Centrándonos más en nuestro tema, se pueden matar los precios mediante congelación o control. Ambas alternativas son malas, aunque la segunda es “menos pior”.

Cuando se decreta una congelación, los agentes económicos ruegan que no aumenten los precios de los insumos. Pero si estos aumentan, el resultado inevitable es el mercado negro, el contrabando, la escasez, y un aumento de precios muy superior al que se pretendía evitar. Esto no son suposiciones. Ha sucedido millones de veces a través de la historia. El problema es que la historia es buena maestra pero tiene malos alumnos.

El control de precios puede llegar a producir alguno de los efectos de la congelación, pero en menor escala. Al menos, ofrece una válvula de escape, ya que los precios pueden subir después de la aprobación de alguna burocracia gubernamental. Algunos de los efectos documentados del control de precios son: filas debido a la escasez; deterioro de la calidad; vender casados un producto controlado con otro no controlado; sustituir alguno de los productos controlados por otros de mayor calidad y precio; pagar un precio adicional por debajo de la mesa para que el comerciante siempre tenga productos disponibles para determinados clientes.

Hay que notar que no todos los efectos se dan para todos los productos y en todos los mercados. Lo cierto es que si se interfiere con el mecanismo de los precios, habrá consecuencias no deseadas.

A pesar de todo, el control no garantiza que los precios no subirán. Por ejemplo, el sector eléctrico tiene control de precios y ya sabemos lo que pasa. En la segunda mitad de la década de 1970, los precios subían pese a los controles, hasta el punto que el grito de guerra de los universitarios era: “Arroz, poroto y carne; el pueblo tiene hambre”.

Presento brevemente el caso de Argentina. Primero, Kirchner negó todas las solicitudes de aumento de los precios de la electricidad. A los tres años, apagones generalizados. Luego “acordó” con productores y comerciantes la congelación de precios de ciertos productos. Cuando esta falló, pese a su autoritarismo cuasidictatorial, no tuvo mejor idea que reestructurar la oficina y el método para calcular el aumento del costo de vida, que es entre tres y cuatro veces superior al oficial.

Una observación final. Algunos dirán que no me importan los aumentos de precios. Yo tengo ingresos fijos desde hace siete años y mi poder de compra se ha deteriorado, a pesar de todos los trucos empleados. Pero sé que el supuesto remedio es peor que la enfermedad.

El autor es miembro de la Fundación Libertad


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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