EL MALCONTENTO.
Hermosas cosas por hacer
1086410Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
Ningún tiempo pasado fue mejor. Eso está claro. En todo caso, fue diferente. Pero el debate sobre la calidad del pasado contra el presente suele condicionar sobremanera el diálogo entre el presente y el futuro. Especialmente porque nos enfrentamos al futuro con herramientas del pasado y con las mentiras del presente como herramientas.
Inerte juego de palabras solo para indicar que estamos estancados y con la mirada abajo respecto a lo que se nos viene encima. Este año se cumplen 60 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y si a alguien le parece mucho tiempo en realidad es un nanosegundo histórico que debería servirnos para imaginar y trabajar por un futuro donde esa belleza de principios sí se cumpla en la mayoría de rincones del mundo.
Es cierto –como denunció la semana pasada Amnistía Internacional (AI) en la Conferencia de ONG celebrada en París para impulsar la Declaración– que en 81 países de los 150 monitoreados por AI no se respetan los derechos fundamentales. Es igual de cierto que no parece razonable que en estos tiempos que corren la situación de la mujer siga siendo, en general, vergonzosa, o la de las minorías étnicas, o la de cualquier disidente… Suenan como grandes asuntos que dependen de los Estados y que, por tanto, salen de inmediato de nuestra lista de deberes, de responsabilidades personales. “Eso deberían discutirlo en Ginebra”… ¿o con ginebra?
No voy a repasar ahora uno por uno los 30 artículos de la Declaración Universal, pero sí quiero traducir algunos a nuestro terreno cotidiano, al de nuestras vidas (esas “no pueden” cambiar nada en Irak, Haití, Zimbawe o … por no ir tan lejos, en las comarcas indígenas panameñas).
Mire: al artículo 1 se le ocurre asegurar impunemente que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Si hace usted (o hago yo) una pequeña revisión de su comportamiento diario, si mira alrededor, se dará cuenta de que esta afirmación es más que dudosa. ¿Cómo, la chica que limpia mi casa y que torpemente rompe mis copas es igual que yo y está dotada de razón y de conciencia? ¿Cómo se le ocurre? Más allá… muchos (aunque aquí sí me excluyo) piensan y actúan de manera más o menos pública como si su esposa, pareja, hermana o compañera de trabajo tuviera tres neuronas menos y una incapacidad congénita de pensar. Los ejemplos podrían ocupar una doble página del diario, así que pasaré a otros articulillos.
“Toda persona tiene todos los derechos y libertades (…) sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. A saber qué nos dirían los indígenas, los afroantillanos, los ateos, los anarquistas, los comunistas, los refugiados, los chinos de la tienda de la esquina o los vecinos de un barrio de invasión si les leemos el artículo. ¿?
“Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. ¡Uy! Se me fue una risita sarcástica. En La Joya no leyeron esta declaración, ni muchos de los policías cuando detienen a un ladronzuelo, ni en Guantánamo, ni en muchas de las empresas que producen lo que comemos y vestimos…
“Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”. Los que redactaron el artículo no fueron a la Dirección de Migración, tampoco muchos de los nacionales que consideran que cualquier extranjero –sin plata– va cargado con una ojiva nuclear en su maleta.
“Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo”. Esto a mis amigos de la Fundación Libertad y a algunos de los popes de la economía panameñas les debe parecer un principio marxista (equivalente para ellos a “perverso”), seguro. Y el siguiente, una afirmación terrorista: “Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses”.
Y algunos de los patronos y patronas en casas y empresas deben considerar que este otro es un atentado contra la productividad y contra su ganancia de fin de año que le permite cambiar la decoración en su casa de Coronado: “Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas”.
No voy a seguir… no me voy a someter ni los voy a someter a un ejercicio de cinismo tan doloroso. Sólo quería recordarles que los Derechos Humanos no solo son violados por musulmanes malísimos de machete en boca ni por George Bush ni por nuestra policía, ni lo serán por los nuevos estamentos de seguridad sacados de la chistera. Usted y yo los violamos todos los días y tenemos muchos años por delante para que esto cambie. Claro, que si somos humanos de verdad… ¿por qué no comenzar hoy?
[Corto para salir de la oscuridad gracias a la afición que le ha agarrado C. a Antonio Orihuela: “En fin, / no olvides / hermosas cosas por hacer / en una noche tranquila como ésta”.]
El autor es periodista
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