Fue un gesto hidalgo que tuvo lugar justo al ser declarada ganadora: Balbina Herrera reconoció públicamente que se había equivocado al solicitar la censura de una cuña publicitaria que le incomodaba.
Aunque lo hizo luego de concluida la campaña, la aceptación del error es un soplo de aire fresco, en especial para quienes veíamos con preocupación el resurgir de instintos autoritarios provenientes de discípulos del “proceso” que hoy dicen respetar la libertad de expresión, siempre y cuando no les afecte.
La admisión del equívoco de Herrera deja abierta una duda mucho mayor: la actuación del Tribunal Electoral. La tesis esgrimida por el sustanciador, aquel absurdo argumento de que no se puede utilizar la imagen ajena cuando se trata de una figura pública (que además está en el medio de una campaña electoral), ha quedado doblemente maltrecha.
La imparcialidad de los magistrados, y su buen criterio jurídico, debe ser la medida que esperamos ahora que los verdaderos comicios empiezan. |