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Panamá, sábado 6 de septiembre de 2008
 

INTOLERANCIA A LA DIVERSIDAD.

No nos despierten

María del Carmen Cabello

A raíz de un artículo que escribí hace años contra los prejuicios raciales en Panamá –el seguridad de una discoteca había prohibido la entrada a unos muchachos negros alegando que el local dejaba en sus manos el derecho de admisión– un lector que fue a verme al periódico se sorprendió de que yo fuera blanca, y cuando expliqué en otro la situación legal de los homosexuales en España, recibí un correo electrónico en el que era evidente que el autor creía a pies juntillas que yo era lesbiana y me felicitaba por mi valentía.

Me pareció ético sacarlo del error y explicarle que era heterosexual, aunque prescindía de ciertos prejuicios, pero creo que se decepcionó un poco. El visitante era de raza negra y el remitente del correo se confesaba gay, y en uno y otro caso advertí que mis palabras habían perdido credibilidad porque no pertenecía a su grupo respectivo y era, por tanto, sospechosa de escribir pura palabrería sin el sustento de la experiencia. No es de extrañar su recelo. La intolerancia a la diversidad ha llegado a términos crueles en ocasiones y otras se disfraza de falsa delicadeza, de condescendencia: ¿acaso no evitamos pronunciar la palabra negro, y usamos en su lugar los eufemismos “moreno” o “afroamericano”?

Decía Federico Mayor Zaragoza en una entrevista que atentar contra esa diversidad es inútil por ser intrínseca al ser humano, y que incluso la fuerza o las armas lo más que han logrado a lo largo de la historia ha sido reprimirla, nunca extinguirla. Sin embargo, nos hemos vuelto tan escépticos, que hemos perdido la fe en que algún día las personas sean consideradas como tales sin la identificación de su color, de su inclinación sexual o de su cultura. Los prejuicios están, en mayor o menor medida, tan asentados en cada uno de nosotros, que incluso los que en teoría los condenan, en la práctica, cuando la diversidad llama a la puerta de casa y quiere entrar, sienten un ramalazo de repulsa.

Pero hete aquí que aparece Barack Obama. Y si yo fuera ciudadana de Estados Unidos de América, el 4 de noviembre votaría por él.

Las causas aparentes de mi decisión podrían ser, en primer lugar, que es el candidato demócrata y no el republicano –ser héroe de guerra como McCain suena tan rancio a estas alturas como una candidata a la vicepresidencia aferrada a principios que cree inamovibles– y además, las promesas de Obama suenan bien: rescatar lo mejor de Estados Unidos: “Somos mejor país de lo que hemos parecido durante estos ocho años”, aseguró en su discurso en Denver; equilibrar el sistema de impuestos; poner fin a la guerra de Irak y terminar la lucha contra Al Qaeda y los talibanes.

Por si eso fuera poco, parece que tiene más fe en la diplomacia que en las armas; pretende poner fin a la dependencia del petróleo de Oriente Próximo, echar a andar estrategias educativas y sanitarias (es increíble que en un país como Estados Unidos no haya otra modalidad de seguro médico que el privado); controlar las armas de fuego y defender los derechos a la igualdad ante la ley de los homosexuales.

Luego, si llega a la Casa Blanca –todavía está por ver qué nos cuentan las urnas– y cuando se imponga la realidad, este hombre que ha encandilado al mundo entero, hará lo que pueda o lo que le dejen. Las expectativas que ha levantado son tan altas, que el reto al que se enfrenta es descomunal. Los seres humanos exigimos más de los iluminados que de los mediocres y si falla, nuestro juicio sería implacable.

De cualquier forma, si yo fuera ciudadana de Estados Unidos de América, votaría por Barack Obama. Por su carisma, por su juventud –en este mundo de cambios veloces, corremos el riesgo de que la experiencia quede obsoleta y añeja a la vuelta de la esquina y por tanto inservible–, por ese aire fresco que aporta a la política acartonada de su país y porque su mezcla de razas es un bofetón a los prejuicios de la América profunda. Y un canto a la diversidad. Y sobre todo, si yo fuera ciudadana de Estados Unidos, votaría por él porque Barack Obama nos ha devuelto un sueño que nuestro escepticismo había abandonado.

Un candidato negro. En un principio, nos llevamos las manos a la cabeza. A ese lo matan, aseguraban algunos. Qué va, decían otros, América es América y no va a caer en eso, decían otros, pero Obama tuvo la gentileza, y la inteligencia, de no presentarse como negro ni sustentar sus propuestas en reivindicaciones parciales y con sabor a revancha. Simplemente se presentó como estadounidense, como político, como persona…

Si estamos soñando, bendito sea este sueño, y si se desvanece, déjennos dormir. No nos despierten.

La autora es filóloga


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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