PLANO URBANO.
Barcelona, una ciudad amable
1085064Rodrigo Mejía-Andrión
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OPINIÓN. Llevo varios días en esta hermosa ciudad que, al compararla con Panamá, me da pena con quienes nos visitan. En el largo viaje del avión tenía detrás de mi asiento a un italiano acompañado por otro europeo cuyo país de origen no pude definir.
El italiano le contaba sobre sus frecuentes viajes a América Latina y últimamente por Centroamérica. Le alabó mucho a Guatemala sus hermosos lugares, su hermosa capital, sus avenidas y especialmente elogió a la Antigua, donde había decidido invertir.Su compañero de viaje le preguntó entonces por Panamá, y el italiano contestó: no me gustó para nada, es “una ciudad sin alma”.
Allí no hay cómo transitar, un desorden total, no tiene aceras ni parques, el transporte público es de los países más atrasados del mundo. Finalmente le oí decir que de Italia, la ciudad con mejor ambiente era Milán, aclarando que él era de un pueblito muy lejos de allí.Barcelona, una de las ciudades más conocidas y nombradas de Europa, es conocida como uno de los puertos más antiguos y más disputados, un gran centro turístico, muy visitado, literalmente inundado por miles de europeos que atestan sus calles y sus hermosos espacios públicos, lo que hace dura competencia a Madrid.
Siempre he recordado a esta ciudad por sus amplísimas avenidas, su limpieza absoluta, sus esquinas recortadas en ángulo de 45 grados, lo que permite al conductor distinguir con anticipación cualquier otro vehículo que se aproxima, además de brindar unos giros con un amplísimo radio. No tiene, como Panamá, alcantarillas en las esquinas, donde un autobús o camión, al subirse, las rompen a cada paso.Siguiendo con Barcelona, no puedo omitir su sistema de transporte tan efectivo, su metro, sus trenes que me llevaron a dos hermosas poblaciones costeras, con preciosas playas de libre uso y llena de facilidades, como duchas libres.
Además, sus autobuses eficientes, nítidos, sin prisas; sus conductores amables, no hay música de ninguna clase, paran únicamente en los sitios señalados. Ni aun esperando cambio del semáforo hizo caso de las señas de este atrevido panameño, señalándome que la parada estaba media cuadra adelante, donde cortésmente me esperó.Me asombra el orden de la ciudad, no he escuchado ningún pito, existe un respeto absoluto por las leyes de tránsito. En cada cruce hay un semáforo que indica no solo al vehículo, sino también al peatón, cuándo cruzar y todos respetan este ordenamiento.Avenidas como la “Gran Vía”, dan envidia.
Aceras de unos cuatro metros, seguidas de dos carriles por donde circulan autobuses, luego un espacio público arbolado de unos ocho metros de ancho, donde circulan cantidades de personas, luego hay cinco carriles, uno de los cuales es para autobuses, después una isleta y dos carriles más para vehículos con dirección contraria. La famosa “rambla”, una estupenda avenida con un espacio central para las multitudes de caminantes, donde se encuentran músicos y personajes disfrazados que ofrecen espectáculos públicos, que esperan y logran retribución monetaria de quienes los observan.
En fin, pienso en Panamá y me avergüenzo por nuestra mezquindad, nuestro desorden, nuestra bulla y nuestro constante irrespeto; por la falta de acción de nuestras autoridades, el desorden urbanístico, las aceras que no lo son y las esquinas sin radios de giro. Dios se apiade de nosotros y nos envíe un alcalde que entienda la responsabilidad que tiene toda ciudad con sus habitantes, especialmente cuando es capital de una República.
El autor es arquitecto.
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