LAS PRIMARIAS DEL PRD.
Panorama electoral panameño
Danilo M. Toro L.
opinión@prensa.com
El PRD abrió su proceso electoral y, en este, la secuencia marcada por la elección de delegados, los congresillos de las áreas de coordinación y la elección de los directivos del partido mostraron las condiciones propias de una organización sana, robusta, segura de sus capacidades y por consiguiente, con justificadas expectativas y potencialidades. El proceso electoral del PRD actúa como fuerza centrípeta que hala a los demás partidos a un centro de discusión y vigencia, en dos planos: por un lado, con la elección de las autoridades del partido, fija los estándares con los que los electores pueden evaluar la fortaleza y capacidad organizativa de los partidos y, por otro lado, con las primarias establece las pautas con las que los electores podrán calibrar las candidaturas que compiten.
Esto significa que si el PRD hace las cosas bien, en buena medida establece una impronta al desarrollo político del país y, finalmente, a la maduración del votante, quien cobra conciencia de su papel como elector y del poder que concentra con el ejercicio de su derecho.
La resultante de las elecciones de marzo pasado es un correcto alineamiento del PRD. En este sentido, su secretario general apuntó a la principal fortaleza del partido, la unidad, y a la principal debilidad de la oposición, la ausencia de discurso, más allá del miedo al PRD.
En casi 30 años, el historial clínico del PRD no registra la “autofagia” que tanto ha afectado a los demás partidos. La cantidad y diversidad de perfiles de quienes compitieron por un puesto en la estructura del partido y los resultados de esa competencia revelaron que el perredista no delegó a ciegas, sino que aprovechó la oportunidad de analizar las distintas ofertas. No devaluó su voto. Cotizó el mérito o la capacidad de convicción que cada aspirante fue capaz de demostrar.
Los delegados demostraron que no estaban dispuestos a poner en riesgo su principal activo, la unidad del partido y, con ello, las posibilidades de un triunfo electoral en 2009. Se ha llegado así a un nuevo grado de complejidad y madurez política. Los perredistas representan un porcentaje apreciable de votantes del país, con la disciplina de estudiar y distinguir entre las ofertas, comenzando por las más próximas. El PRD ha impuesto corrección al humillante trato de masa irreflexiva a los electores, vicio tan antiguo como la República y del que no han logrado librarse aún muchos de los partidos y organizaciones que todavía se aferran a la superada dicotomía civilismo–dictadura.
Sin embargo, la reciente dinámica electoral de los miembros del PRD, junto a su conducta política como un cuerpo coherente, con notable disciplina y aprecio por la unidad, no ha sido comprendida ni valorada por todas las candidaturas que buscan la nominación del partido para la contienda de mayo de 2009.
La campaña de Juan Carlos Navarro, con toda la apariencia de estar acompasada por lo que dictan los manuales de las campañas políticas norteamericanas, no tomó en cuenta ese decisivo factor que constituye la cohesión social sobre la que se levanta el PRD. Con la exuberancia de recursos, herramientas y técnicas para capturar el voto, dejó por fuera lo más importante: los criterios y valores de las grandes mayorías que conforman el partido.
La campaña de Balbina Herrera, pese a los apremios y limitaciones que experimentó, estuvo sobrada en la legitimidad de un liderazgo validado por dos cosas: la comprobada representatividad con relación a la base social del partido y el respeto profesado a la unidad y cohesión de esta organización política.
Así, sin menoscabo del espacio que haya podido ganar la candidatura de Laurentino Cortizo, en el fondo, hay grandes contrastes entre las propuestas de Navarro y Herrera. Y las tan sonadas diferencias en ámbitos como el de la seguridad, en realidad poco tienen que ver con la capacidad y disposición para encarcelar a los delincuentes y sí mucho, con la forma de ver y entender a un país, a una sociedad, a un partido y a los ciudadanos, que al final, resultan menos tolerantes a la demagogia, al discurso fácil y al liderazgo que utiliza sus propias cabezas como peldaños.
En estas primarias del PRD, no solo está en juego el futuro de un candidato, están en la balanza la historia de un partido y un proyecto de nación que la organización política más influyente del país debe sentirse comprometida en hacer realidad.
El autor es analista político y jefe del Prosi en el Ministerio de Gobierno y Justicia
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