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Panamá, lunes 1 de septiembre de 2008
 

FORMACIÓN DEL RECURSO HUMANO.

Invirtamos en educación

Héctor Paz Mendieta
opinion@prensa.com

Mientras nuestros gobernantes reciben galardones nacionales e internacionales en reconocimiento no sé de qué gestión, puesto que han dejado más sinsabores que satisfacciones en cada una de sus actuaciones y decisiones, nuestro país se sume cada vez más en el fango de la ignorancia y de la incultura académica y social.

Me refiero a los últimos informes que de la Unesco han surgido al respecto de la calidad educativa de nuestros estudiantes. Pero lo que más me impresiona es que han tenido que decirnos desde fuera lo que debería ser palpable a simple vista: que los jóvenes de nuestro país año tras año disminuyen su bagaje intelectual y cultural, lo que se refleja en la disminución del índice para poder entrar a la universidad; la falta de preparación para poder optar por algunos puestos de trabajo; la manera de hablar y de leer de cualquier joven de secundaria; la calidad de conversación (muy notable sobre todo en los medios de comunicación radiales y televisivos, que es realmente de vergüenza) y el misérrimo vocabulario que se emplea en las ejecuciones escritas y orales.

Solo basta salir a la calle, abordar un autobús, y distinguir cómo habla el panameño. Desde el asistente del conductor hasta el último pasajero, sea secretaria, constructor o estudiante, todos tienen un léxico muy por debajo del nivel que debería ser el correcto y sinceramente el saludable.

Y es que, no solo en los educadores sino en el Estado y los gobiernos que lo han administrado, estriba la responsabilidad de la situación en la que nos encontramos. Primero que todo, desde hace muchos años no se construyen colegios públicos completos, sobre todo en áreas de rápido crecimiento como la ciudad capital, y las cabeceras de las provincias y las comarcas. El doble turno, el cual surgió durante la dictadura como un paliativo a la necesidad de popularizar la educación ante la poca infraestructura que existía, y el poco recurso con que se contaba para la construcción de la misma, sigue implementándose en detrimento de la calidad horaria para un mejor rendimiento en el estudio, eso sin hacer referencia al tema de seguridad de los estudiantes del turno vespertino al momento de marchar a sus hogares.

Producto de leyes demagógicas para proteger a los menores, dirigidas más bien a coartar la patria potestad de los padres de familia, disminuir las obligaciones de los menores de edad y otorgarles cualquier clase y cantidad de derechos, se ha conformado en este país una casta de pequeños tiranos a quienes nada puede exigírseles y mucho pueden pretender, incluso haciendo uso de la fuerza y el vandalismo, pasando por las llamadas al Mides y las huelgas de hambre. ¿Qué padre de familia o qué maestro o profesor va a querer exigir a un “chiquillo reyezuelo y bribón”, cuando su respuesta más suave será proferir un grito o un insulto, cuando no, un golpe o un disparo?

No puedo menos que hacer referencia a la reducción del cuadro de materias en el sistema educativo. Asignaturas como filosofía, ética y valores, religión y moral, cívica y sociología, que despertaban el pensamiento crítico del joven y le hacían cuestionar aspectos sobre su vida, la sociedad y el Estado, han sido repudiadas como “innecesarias”.

¿Será que el plan de los gobiernos es tener una masa de obreros y técnicos impensantes, que no cuestionen nada de lo que ellos hacen en el poder, y que solo estén dedicados a sus obligaciones, como reses dedicadas a pastar, sin saber lo que hace su amo, quien al final les da lo mínimo para vivir, se alimenta de ellas o las vende?; ¿Sería ello un plan de educación integral cuando al joven no se le fomenta en valores, en civismo, en cultura general, en pensamiento crítico social? O lo que se quiere son jóvenes que trabajen y produzcan dinero, lastimosamente no para ellos, sin cuestionar nada y sin valores que enaltezcan su humanidad.

Ahora bien, tenemos un problema de seguridad social en el que la violencia, el tráfico de drogas, la delincuencia, la promiscuidad, el embarazo precoz, las enfermedades de transmisión sexual, entre otros, nos alarma y preocupa. El mismo se quiere solucionar con planes como “mano dura”, “armas por comida”, el nuevo Código Penal y su sistema represivo y carcelario, los “decretos – ley” de seguridad y espionaje, el Plan de Educación Sexual para las escuelas, y demás artilugios.

Todas estas medidas son ineficaces desde el momento en que no van a la raíz del problema. Opino lo mismo que el premio Nobel de economía que hace poco visitó nuestro país: debemos invertir en educación, en cultura. ¿Y qué sentido tiene con respecto a lo anterior? Un joven letrado, estudiado, ocupado, con valores éticos y cívicos bien establecidos, con una visión global, con intereses mucho más dignos, dirigidos al éxito y a la excelencia profesional, con la mirada puesta a otro rumbo más prometedor que incluso el que le puede ofrecer el nivel social en el que nació y creció, y que no tenga más límites que los que él mismo y su sana conciencia moral le establezcan, difícilmente caerá en el ocio terrible que conduce deliberadamente a las malas prácticas, a delinquir y a prostituirse.

Un joven con una educación sólida como la que he mencionado, no será presa fácil de la drogadicción, no pondrá sus ojos en una pandilla, ni se le ocurrirá truncar su futuro con un embarazo no deseado. Nuestros chicos necesitan que se les atienda, que se les eduque, que se les exija para crecer, no que se les mime, se les entregue a los “educadores de la calle”, y se les margine. Eduquemos al joven de hoy para no tener que castigar al hombre de mañana; así podremos cambiar el rumbo caótico de nuestra sociedad.

El autor es estudiante universitario


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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