VIENE DE LA 1B. VERSIONES DE UNA PREPARACIÓN.
Sabor de los pimentones
Hacer una conserva de pimentones asados, aceite de oliva, ajo y anchoas, te ayuda a la hora de recibir a las amistades.
Varias de mis sorpresas con los pimentones las tuve en México, donde hay gran variedad.
Ana Alfaro
Especial para La Prensa
vivir+@prensa.com
En Panamá, mientras yo crecía, solamente había pimentones verdes, de esos odiosos que me hacían eructar.
La única manera en que la cocinera de turno me hiciera comérmelos dando solo media pataleta, era si usaba la receta de mi abuelita, que los rellenaba de carne con arroz y luego los rehogaba en una rica salsa de tomates.
Luego conocí el pimentón en tempura, pero si divisaba un plátano, camote o langostino en la bandeja de fritos mixtos al estilo del Sol saliente, no dudaba en dejarle el pimentón a otro. Sorry, a la hora del hambre, el altruismo se tira por la ventana.
Varias de mis sorpresas con los pimentones llegaron vía México. Primero, cuando me tocaba ir a Tijuana de viaje (sí qué glamoroso es viajar por negocios; una vez me tocó cruzar la frontera entre Tijuana y San Diego a pie, bajo la lluvia, arrastrando mi maleta (uno de los primeros modelos de Samsonite con rueditas, Dios los bendiga). Pero mi recompensa llegó en forma de un menú chino de un restaurante de Tijuana, donde tenían unos pimentones (poblanos) rellenos de no sé qué mejunje (creo que cerdo y camarones) y rebozados. Wao.
Cuando llegué a PTY, por supuesto, decidí hacer mi propia versión, excepto que lo hice con esos pimentoncillos pequeñitos, casi insignificantes, de piel súper delgada y que venden por cartuchos en el súper.
Con una manga pastelera, los rellené con una mezcla de camarones, jerez, sal, pimienta, cilantro y cebollina y no recuerdo qué más, que convertí en pasta en el procesador de alimentos.
Luego los rebocé y freí, y los serví con salsa china con jugo de limón.
No tengo que decir que fue un éxito y mucho mejor que los ubicuos jalapeño poppers.
Otra cosa que disfruto muchísimo, pero muchísimo, es el pimentón no verde. O sea: rojo, amarillo o naranja, tienen un dulzor y se prestan para muchas otras cosas.
La primera: los metes a un horno altísimo, o con trinche sobre hornilla, los calientas hasta que la piel se ponga negra y ronchuda.
Los guardas en un cartucho para que el vapor los separe, y luego los enjuagas y le quitas las costritas sucias. Mientras están aún tibios, los desemillas y les echas aceite de oliva y mucho ajo picadito.
Los puedes guardar varias semanas en un frasco esterilizado. Estos mismos los mezclas con un poquito de tabasco, ron oscuro, bastante queso crema y un poco de cheddar fino, y tienes un dip de muerte. Y en sándwich, con filete frío (si te sobró de la noche anterior) es imbatible.
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