EL MALCONTENTO.
La (i) responsabilidad de la Anam
1079782Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com
La impunidad es un asunto de largo aliento. No hablo de la injusta justicia del Sistema Judicial. No. Me refiero a la impunidad histórica, mucho más patética porque acaba con esa esperanza boba que tenemos los humanos de que el tiempo pone a cada cual en su lugar.
Los mayores delincuentes de corbata o traje de Channel siguen gozando de apellido y prebendas. Los hijos de los dictadores, los herederos de los ladrones con rango, las amantes de los asesinos, los amantes de las asesinas, los abogados de los corruptos o los esbirros del poder perverso se pasean sin pudor y se pavonean de su estirpe manchada. La impunidad histórica se alimenta, fundamentalmente, de dos extrañas cualidades humanas: el olvido y la falta de terquedad. Solo los tercos buscadores de fosas comunes y de las fosas de las infamias cometidas mantienen algunos casos abiertos, algunos nobles nombres en duda. Pero los tercos con memoria son pocos y están expuestos, incluso, al escarnio público, a ese triste discurso del “pasemos página”, “no sigamos anclados en el pasado”.
Es lo que dice Torrijos cuando le recuerdan el papel de milicos, espías y censores en este país. “Olviden ya, modernícense”. Pero el olvido es táctica del poder, no de la ciudadanía. La memoria, en cambio, es el único argumento de lucha de las sociedades civiles que no quieren repetir errores, ni pasar página para encontrarse con un texto escrito con sangre que ya tuvieron que leer un funesto día.
La responsabilidad histórica no solo se debería hincar en los personajes cuando hablamos de muertos o de dictaduras. Hay daños a la sociedad más calmados, menos llamativos y chillones, pero que dejan una huella más duradera y lacerante. El periodista José Arcia me lo recordó hace unos días en un balance sobre el papel de la Anam y me surgió la pregunta de si estará dispuesta la dicharachera Ligia Castro a asumir su responsabilidad histórica. Le tocó dirigir la Autoridad Nacional del Medio Ambiente (Anam) en tiempos revueltos, eso es cierto. Logró que le pagaran y la trataran como si fuera ministra (parece que la ineficacia se premia con ese cargo, como en el caso de Blades) y renunció a dar ejemplo y sentar un precedente.
La Anam no ha hecho nada. Miento, sí ha hecho: ha dado bula de legalidad a cientos de negocios sucios que están carcomiendo el magnífico patrimonio natural de Panamá. Sin un modelo de desarrollo razonable para el país, los funcionarios de la Anam se escudan en la supuesta legalidad de sus actos para dormir tranquilos, cuando todo el mundo sabe que las normas tienen un amplio margen de interpretación y que ésta, en últimas, depende de la filosofía y la política del gobierno de turno, de la ‘ministra’ de turno.
Lo ambiental, a diferencia de lo que piensan algunos desarrollistas de esos que tienen la verdad, no es capricho de ecologistas trasnochados o de trogloditas anti progreso, ni barricada de ñángaras de estirpe. Lo ambiental es un asunto que combina lo patrimonial, lo económico y lo cultural para convertirse en asunto de supervivencia.
Si se explota bien el patrimonio natural, se sientan las bases de un turismo de alta calidad, que gasta dinero para disfrutar de entornos naturales protegidos en un equilibrio razonable entre desarrollo y conservación. Si así se hiciera, nuestros indígenas y campesinos tendrían contraprestaciones económicas y recibirían transferencia de conocimiento a cambio de los servicios ambientales que nos prestan cuidando cuencas y bosques. Si Ligia Castro hubiera apostado a esto –en lugar de tener siempre un sí en la boca para los inversores amigos del Presidente de la República y los secuaces de la AMP o del Mivi o del Mici o del Ipat–, no estaríamos viendo el desastre ecológico, pero ante todo humano, de Bocas del Toro, de Veraguas o de la península de Azuero… Si la Anam hubiera sido una verdadera autoridad en la defensa del futuro del país, se habría producido una selección natural de los inversores y se habrían quedado los buenos, no esta cantidad de especuladores que cuentan sin pudor en los cocteles del poder cómo multiplican su dinero en minutos gracias al despelote nacional…
Estoy seguro de que Castro y compañía se sentirán ofendidos y comentarán con indignación cómo este extranjero de tres al cuarto se atreve a criticar su ejemplar trabajo. Pero… ¿no creen que una buena parte de los panameños y panameñas se deberían sentir ofendidos con este gobierno y con sus responsables por cómo han vendido esta tierra de biodiversidad sin el menor escrúpulo?, ¿no les parece que, excepto los privados que se han beneficiado de esta agua revuelta –que han sido muchos–, el resto de las panameñas y panameños debería mirar con desdén a estos funcionarios que han hipotecado el patrimonio de las siguientes generaciones?
El daño es inmenso y lo triste es que ni Ligia Castro ni los funcionarios cómplices tendrán jamás que asumir su responsabilidad histórica. Ya saben, como diría Faciolince: el olvido que seremos.
[C. siempre se pregunta por qué ‘el pueblo’ es tan difuso y los tiranos, hasta los democráticos, tan concretos. Una pregunta que ya se hacía en 1548 el francés Etienne de la Boetie, en el Discours de la servitude volantaire : “¿Cómo es posible que tantas personas, aldeas, ciudades y naciones se sometan de vez en cuando a un solo tirano, que no tiene más poder que el que se le dé, que no puede causar más males que los que ellos le permitan?”. Seguimos sin respuesta]
El autor es periodista
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