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Panamá, jueves 21 de agosto de 2008
 

agenda social.

Distribución de la riqueza: ¿utopía?

1077436 Javier Barrios D.
opinion@prensa.com

Cuando el comunismo estaba en boga, los derechistas le espetaban a los dirigentes de izquierda que habían acumulado riqueza, que por qué no repartían la suya entre los pobres, a lo que éstos “ripostaban”, que esa no era la solución y que al hacerlo perdían una herramienta valiosa de poder y terminaban engrosando las filas de los paupérrimos.

Panamá, después de Brasil, ostenta la peor distribución de la riqueza en Latinoamérica, algo así como que el 20% de la población posee el 80% de la riqueza nacional, quedándole al 80% restante solo el 20% de la riqueza. Cuando la economía nacional crecía a tasas menores al 5%, muy pocos se referían a esa aberrante asimetría; ahora, en bonanza, políticos y analistas reclaman a diario, que el crecimiento económico no está “permeando” hacia las capas más bajas; como si la riqueza de este país fuera una mina recién descubierta y tan fácil de repartir como un pastel.

Uno de ellos es Mr. 99, que en una de sus pautas publicitarias de campaña cuestionaba que ¿de qué sirve tanto crecimiento económico, si los pobres no lo ven? Cualquiera preguntaría, ¿cómo andará la distribución del ingreso de los 4 mil empleados de sus empresas?

La desigual distribución de la riqueza, que es de índole estructural y tan antigua como el hombre, no se logra mejorar con acciones individuales, marginales y paliativos, ni de la noche a la mañana. Los políticos, que están cayendo en la retórica y la redundancia, debieran meditar sobre las opciones que se vislumbran en el horizonte, aunque algunas parezcan inviables.

La vía revolucionaria, por ejemplo, introduce abruptamente cambios estructurales significativos, pero que solo funcionarían si cada dueño de esa riqueza, por poca que sea, se convierte en un buen administrador y/o en un empresario eficiente, donde la competencia no se rija por la ley de la selva, como en el capitalismo, sino por una cultura donde el bienestar común prive realmente sobre el individual. El capital y el imperio no se cruzarían de brazos y, además, la tierra se quedó chica, más ahora con la internet, como para que los habitantes de ese país utópico no sean víctimas del vil metal y del consumismo irracional.

Lograr transformaciones estructurales en forma progresiva, pues a la sociedad (acomodada) le horrorizan las revoluciones y los cambios traumáticos. Suena a retórica y tropezaría con una amplia gama de intereses económicos, políticos y gremiales, y es como tratar de cambiar los diseños (las estructuras) de un rascacielos cuando está a medio construir.

Que los recursos provenientes de un régimen impositivo progresivo (quien más gana y más gasta carga con una tasa impositiva, directa e indirecta, mayor) y de una política de endeudamiento público racional, sean revertidos hacia los más necesitados, de manera eficiente y con calidad total (¡utopía!) en infraestructuras, servicios sociales y apoyo al pequeño empresario. Las tarifas de los servicios públicos tendrían, igualmente, que ser progresivas.

Que las empresas cumplan con su responsabilidad social, pero no solo afuera (con grupos, organizaciones o comunidades), sino en sus entrañas, comprendiendo que los trabajadores son seres humanos (no robots) plagados de necesidades que tienen que enfrentar con sueldos irrisorios. Si los empresarios fueran conscientes de los innumerables problemas que tienen que sortear a diario sus trabajadores (en el hogar, en la calle y en el trabajo); implementaran una política salarial justa; mejoraran sus condiciones de trabajo, y le ayudaran a solventar esas dificultades, sin duda que las relaciones obrero patronales y la productividad de los trabajadores mejorarían significativamente y, por añadidura, las ganancias de la empresa, cuyos incrementos superarían con creces los costos de ejecución de esa política. Desafortunadamente, contados son los empresarios que tienen esa cultura y esa sensibilidad social, y los trabajadores, ya incrédulos, frustrados, politizados y acostumbrados también al juega vivo, pudieran no corresponder.

La agenda social está rezagada... o nos comprometemos con las tres últimas opciones, o hablar de “permear” la riqueza no es más que una utopía y llegará el día en que la riqueza se nos convertirá en un bumerán y las masas desposeídas terminen eligiendo a alguien que les prometa la revolución.

El autor es economista


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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