COMPARACIONES INEVITABLES.
Sin malas intenciones
Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net
Hay quienes sostienen que las comparaciones son odiosas, opinión que comparto a medias. No las creo odiosas ni injustas cuando no hay, en el ánimo del que compara, la intención de ofender, menospreciar o burlarse; y creo que comparar es recurso válido como punto de referencia si no es disparatado. Nadie con los tornillos bien ajustados compararía a Nelson Mandela, hombre ejemplar de paz y tolerancia, con Mike Tyson, el furibundo boxeador mordedor de orejas; ni filmes tan disímiles como El Padrino, sobre la mafia, con la dulzona Mary Poppins.
Una de las ventajas de darse una vueltecita por otros lares de vez en cuando, es que sirve, por lo menos a mí me sirve, para observar diferencias positivas o negativas; para decirme a mí misma: “Cómo me gustaría que esto se hiciera así en Panamá”; o bien, “¡Qué va!, en Panamá estamos mejor”.
Recientemente estuve de viaje en Estados Unidos, muy cerca del vecindario del señor Bush, cuyo récord como mal presidente será difícil superar, según muchos. Sin el deliberado propósito de hacer comparaciones, suelo anotar los detalles que llaman mi atención: paisajes, política, urbanismo, organización, etc. Y he llegado a la conclusión de que algunos aspectos de deficiencias en mi país no siempre tienen que ver con recursos económicos sino con actitudes.
La excusa de que “así somos los panameños” es un argumento pobre para justificar conductas y situaciones negativas. Observé, con grato asombro, que allá, en tiempos de campaña presidencial, no se crucifican postes ni árboles con propaganda política; no se pinta propaganda en paredes y escaleras, ni hay vallas publicitarias perturbando el paisaje. ¿Cómo evitar comparar con el abuso de nuestros políticos, que han contaminado el ambiente visual de todo el país con miles de cartelones? ¿Dinero? Los candidatos gringos recogen millones para convenciones, anuncios televisivos, visitas personales, debates en las universidades.
Pasé un fin de semana en un encantador pueblo junto al mar, uno de los tantos a los que llegan miles de personas; en las dos playas que visité no había basura a la vista, ni licor, ni envases de vidrio; letreros advierten sobre restricciones cuyo desacato conlleva multa y hasta expulsión; la norma sobre los desperdicios es “no dejar huellas”. Caminé un largo trecho de playa y conté siete puestos para salvavidas y guardias “playeros” (walkie–talkie en mano). Si bien es indispensable contar con recursos económicos para mantener este personal, también lo es la disposición de las personas a ceñirse a las reglas de conducta fijadas, algo que a nosotros nos divierte ignorar. Creo que la seguridad en las playas, responsabilidad de las autoridades, se la pasaron al ocupado Ángel de la Guarda que tanto cuida a los panameños. Para aliviarle la carga al ángel, si no sabe nadar como el olímpico Michael Phelps le aconsejo quedarse en la orilla. ¿Es odiosa o injusta esta comparación?
En la capital del imperio, que aloja cientos de importantes edificios del Gobierno y privados, el paisaje importa mucho; hay árboles frondosos, flores y arbustos por doquier; los barrios a lo largo de las autopistas son protegidos contra la contaminación y el ruido de los vehículos con barreras naturales (árboles), o artificiales. Esta vez hice lo que están haciendo muchos para disminuir el gasto de combustible y estacionamiento: usar el transporte colectivo. Atenida a la hoja de itinerario de la ruta del T–2, esperaba el autobús que llegaba, sin fallar, a la hora exacta; sin necesidad de “pavo”, pagaba con una tarjeta electrónica; el conductor, uniformado, sin música, ni conversaciones con los pasajeros, me llevaba a mi destino sin regatas ni sobresaltos; luego montaba el tren (se permite oír música solo con audífonos, y nada de cartuchitos con comida para desayunar en el tren) que en minutos recorre la ciudad.
Con sentido de nuestrarealidad no pido el tren, pero sí autobuses que operen con eficiencia y respeto por el tiempo y la integridad física de los usuarios. ¿Qué lo impide? ¡Pues la mancuerna transportistas–políticos en la que los primeros mandan y los últimos, se ¡acogotan! Dígame si no es inevitable establecer comparaciones con nuestros diablos rojos y la anarquía del transporte.
Además de rígidas leyes que regulan la construcción (densidad, uso de la tierra, impacto ambiental y otros aspectos), el precio del petróleo y el deterioro en la calidad del ambiente, ha llevado a fijar normas para administrar mejor la energía eléctrica. Las autoridades del DC aprobaron la ley que obligará a adoptar tecnología que mida y controle el consumo eléctrico según el tamaño de los edificios, horas de operación, número de empleados o residentes, equipos, y otros aspectos de impacto. Los edificios deberán construirse para favorecer el medio ambiente (llamados edificios verdes). Comparar con los abusos de la construcción en Panamá, y la “laxitud” de las leyes que la controlan (o deberían controlarla) es inevitable.
No me mueven malas intenciones comparar lo bueno de allá con las fallas de acá, remediables si existiera voluntad (y más educación). Al contrario. Siento que tenemos muchas cosas a favor: un ritmo de vida menos estresante; los estrechos vínculos familiares que aún conservamos; nuestras expresiones de alegría… ¡y hasta tener el chinito “saca de apuro” a la vuelta de la esquina! ¿Cómo no desear volver a este bullanguero y amigable pedacito de tierra, tesoro que muchos no saben valorar?
La autora es comunicadora social
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