no hemos olvidado.
El gran hermano
Berna Calvit
opinion@prensa.com
Dejar Panamá para ir al encuentro de amores que, aunque lejanos en distancia, están siempre acurrucados en mi corazón, siempre despierta en mí las más dulces emociones. Cada viaje es como una vara que mide el crecimiento de mis nietos. Mi nieta es una espigada jovencita; dejó de ser la niña que me pedía cuentos y rondas infantiles; del decorado de su cuarto desaparecieron las mariposas y las flores, y de sus cabellos, los lazos. Mi nieto no me pide ya jugar al escondido, o cuentos panameños de miedo que en la noche lo llevaban a preguntarme, inquieto, si esos cuentos eran de verdad. Atrás van quedando los años de infancia. Han empezado a soltarse un poco de la mano protectora de sus padres, a hacer los primeros pinitos en el camino de la vida.
Quieren volar solos; audaces, quieren probar sus alas. Me he rendido ante la evidencia de que la vida familiar, la de ellos, y la de otros jóvenes, incluye la tecnología como parte importante de su vida diaria: el chat con los amigos (no hablan por el celular, solo chatean); el inseparable aparato musical pegado a las orejas; los videojuegos y la internet, ayuda invaluable para el trabajo escolar. Trato de fijar en mi memoria cada detalle, porque serán recuerdos que atesoraré hasta que vuelva a verlos.
Aunque lejos y muy feliz, el cordón umbilical que me ata a mi bulliciosa y atribulada Panamá no se rompe; desde este oasis temporal de paz y verdor sucumbo ante la tentadora internet para asomarme con mente fresca, y algo de sano desapego, a lo que sucede en mi país. Y aunque no creo en que “ojos que no ven, corazón que no siente”, hay algo de balsámico en ver los hechos, y a las personas, desde lejos.
Fue imposible tomar a la ligera la noticia de que en 15 días, en los distritos de Panamá y San Miguelito, ocurrieron 26 homicidios (La Prensa 30/7/2008); uno de origen pasional (el único resuelto, claro es); los 25 restantes sin resolver, situación que no es la excepción sino la regla en casi todos los casos de crímenes que, en los últimos años han crecido como si los estuvieran rociando con fertilizantes. Decir fertilizante en este caso no es errado; fertiliza el crimen que las instituciones de seguridad lleven muchos años manejándose con criterios políticos y cambiantes según el gobierno de turno.
En estos momentos el ministro de Gobierno y Justicia, Daniel Delgado, ocupa su tiempo en una reorganización de los organismos de seguridad que, lejos de tranquilizar, trae amargos recuerdos de los años en que nuestra vida dependía de las Fuerzas de Defensa. En vez de ganarle terreno a la delincuencia con programas sostenidos, científicamente diseñados para la participación activa del conjunto de la sociedad, familia, educadores, y asociaciones cívicas, ¡miren con lo que se han salido! No han entendido que combatirla no se reduce al espionaje, “operativos” y, correteadera de maleantes que luego muestran en los medios como muestra del “eficiente trabajo” policivo. Y que no se me diga, como respondió un policía político ante una crítica, “Zapatero a tus zapatos”. Ningún ciudadano sensato se opone a que el gobierno busque mejores métodos para combatir el crimen. Pero que con esta excusa estén preparando un cují de mal aspecto, va a “alborotar el congo”, y con razón.
La República de Panamá no alcanza los 4 millones de habitantes. En la última semana, en todo México (109 millones de habitantes) se cometieron 124 homicidios. Que en dos distritos de la capital, donde vivimos cuatro gatos (proporciones guardadas) se contabilicen 26 homicidios en 15 días es tan alarmante como para tener al gobierno con las alarmas sonando y reunido mañana, tarde y noche, con urgencia notoria (que tanto usan para madrugar leyes), para ver cómo van a manejar una violencia nunca antes vista. ¿Creen los gobernantes que no tiene consecuencias nefastas el tira y jala, la botadera, la repartición de cuotas de poder en las instituciones a cargo de salvaguardar la vida y la seguridad de nosotros, inermes ciudadanos, víctimas de la eterna politiquería? Si las próximas elecciones las ganara la oposición, ¿creen que la estructura policíaca, detectivesca y de espionaje, que están montando se mantendría?
Es de suponer que en Panamá, como en todas partes, un componente del crimen está enquistado en las instituciones que deberían combatirlo: policías, jueces, funcionarios administrativos con acceso a los expedientes. ¿Son esas personas las que van a estar sujetas a la vigilancia del Gran Hermano (novela 1984, George Orwell)? ¿O servirá para, como hacían antes, vigilar a los que consideran de peligro para el régimen? No es fácil desprenderse de los malos hábitos.
La eficiente cadena de riqueza y corrupción del narcotráfico cierra bocas con dólares, amenazas o muertes; 26 homicidios en dos semanas es muestra de que hay grandes movimientos de armas, droga y dinero. Los narcomafiosos pueden seguir tan campantes como Johnny Walker, por aire, tierra y mar porque en estos momentos el gobierno esta distraído en montar un nuevo tinglado de poder. Lo que parecen haber olvidado los señores mandantes, y el ministro Daniel Delgado Diamante, afanoso propulsor de una reorganización “de seguridad” con tufo a Fuerzas de Defensa, es que nosotros no hemos olvidado. Y que estamos en 2008, no en 1988.
La autora es comunicadora social
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