libertad de expresión.
Boicot parcial a Beijing 2008
1068596Betty Brannan Jaén
opinion@prensa.com
WASHINGTON, D.C. – Me encantan las Olimpiadas y generalmente las veo de principio a fin, incluyendo competencias en deportes exóticos que normalmente no me interesarían. Siempre pensé que boicotear las Olimpiadas era una injusticia a los atletas que durante años se habían estado preparando y sacrificando, y por eso me alegro que haya quedado descartada la idea de boicotear las Olimpiadas de este año en Beijing. Sin embargo, deploro que el régimen chino haya convertido estas Olimpiadas en una plataforma política y rehúso someterme a su propaganda.
¿Qué hacer? Bueno, mi solución personal al dilema es que he decidido ver solo a los atletas, no la propaganda. Es decir, veré las competencias, pero no los segmentos abanicando la vanidad de los dictadores chinos o celebrando los supuestos triunfos de su régimen. De las ceremonias de apertura y cierre, veré solo el desfile de los atletas. De lo demás, iré improvisando un boicot personal de todo lo que me huela a propaganda. Sé que será un boicot totalmente inútil –muchos dirían tonto– pero lo que vi en China en 1989 me lo exige.
Es que estuve en Beijing en mayo de 1989, durante las protestas de la Plaza Tiananmen, aunque tuve la suerte de no estar allí el día de la terrible masacre. El cuento es que llegamos a Beijing al final de una gira por China, con unos guías estatales que eran más carceleros que guías. En el primer día de la estadía en Beijing, el itinerario indicaba que debíamos visitar la Plaza Tiananmen y la tumba de Mao, pero nuestros guías dijeron que recientemente se habían dado unos incidentes entre maleantes [hooligans] y turistas, por lo que sería mejor dejar eso para otro día.
Pero esa noche, mi cuñado logró sintonizar a la BBC en el radio de onda corta que llevaba y nos enteramos de lo que en verdad sucedía en la Plaza Tiananmen. También nos percatamos de que CNN estaba bloqueado en nuestro hotel, precisamente para que los turistas no se enteraran de la situación. Al día siguiente, tratamos de insistir en ir a la Plaza Tiananmen, pero nuestros carceleros –digo, guías– rehusaron permitirlo.
Más o menos a la fuerza, cargaron con nosotros para la Gran Muralla, pero al regreso nos encontramos con un grupo gigantesco de manifestantes que marchaba de la Plaza Tiananmen a una de las universidades; eran millones y millones de jóvenes que marchaban pacíficamente. El busito que nos transportaba estuvo rodeado por manifestantes por más de una hora y al notar que éramos extranjeros, los jóvenes –lejos de atacarnos– nos saludaban calurosamente y trataban de hablarnos en ingles. Había miles de pancartas y una de ellas decía, en inglés Thank you, BBC! Ese agradecimiento al poder de la prensa libre me emocionó. En varios lugares vi pasos elevados de donde soldados armados veían pasar la manifestación sin hacer nada por reprimirla, lo que también me impresionó. El desenlace sangriento vino algunos días después; lo vi por televisión y quedé horrorizada.
Desde entonces, la China comunista ha avanzado muchísimo en cuanto al bienestar económico de su pueblo y el poderío económico de su gobierno, pero no en los derechos humanos y políticos de sus ciudadanos. No nos engañemos: China todavía es una dictadura brutal, donde las Olimpiadas han servido para aumentar la represión en vez de reducirla. Beijing incluso exporta represión, en lugares como Tíbet, Sudán y Birmania, y al proteger dictadores como Robert Mugabe de Zimbabwe.
Hay quienes digan que es inapropiado mezclar política con las Olimpiadas, pero ese argumento es invalido en este caso, porque la misma China es la que desde el principio ha concebido de estas Olimpiadas como una plataforma política para enaltecer su perfil en el escenario internacional. Eso, no un amor desinteresado por el atletismo, fue lo que motivó que los chinos buscaran las Olimpiadas, insistiendo varias veces hasta que estas les fueron concedidas. Eso también ha motivado todos los encarcelamientos de disidentes, la censura, y las restricciones de cobertura que los chinos han impuesto. Estas Olimpiadas fueron diseñadas para tener un mensaje político y China quiere estar segura de que ese mensaje no se les sale de las manos.
La prensa libre y los pueblos libres tenemos que encontrar la manera de no hacerle el juego a Beijing. Yo he ideado mi formula y estaré atenta a otras estrategias más eficaces. Ojalá que el atletismo olímpico sea un éxito, pero la propaganda un bumerán.
La autora es corresponsal de La Prensa
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