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Panamá, lunes 28 de julio de 2008
 

Crímenes de lesa humanidad.

Un tirano, al banquillo

José E. Mosquera
opinión@prensa.com

Sudán es uno de los países africanos que enfrentan uno de los más crueles y repudiables genocidios en la historia reciente de la humanidad. Por eso, no es sorprendente que el Fiscal Supremo de la Corte Penal Internacional Luis Moreno Ocampo haya solicitado una orden de detención en contra del presidente Omar Hassan al-Bashir, a quien acusa de crímenes de lesa humanidad, exterminios, torturas, violaciones y desplazamientos forzados.

Este tirano, al igual que otros tantos opresores africanos como Teodoro Obiang Nguema, de Guinea Ecuatorial, y Robert Mugabe, en Zimbabwe, que han impuesto oprobiosos regímenes de torturas, represión y desapariciones, ameritan ser juzgados de manera ejemplar por violadores de los derechos humanos y propiciadores de crímenes de lesa humanidad.

Al-Bashir desde que asumió el gobierno de su país, tras un golpe de Estado en 1989, impuso en Sudán un régimen de terror que ha limitado las libertades y cometido crueles matanzas no solo en Darfur, sino en otras regiones del país. De hecho, ha sido un régimen contemplativo con las atrocidades de las milicias fundamentalistas Janjawid, formadas en su mayoría por miembros de la tribu Abdala, las cuales desde hace cinco años ejecutan uno de los peores genocidios en el mundo.

Al- Bashir, con su ascenso al poder, desconoció los acuerdos de paz que habían puesto fin a la primera guerra civil y transformó al país en un Estado islámico. Por consiguiente, derogó la autonomía del territorio cristiano del sur y despojó a sangre y fuego a las tribus cristianas de las tierras fértiles y se las entregó a las árabes.

Ahora, la islamización de Sudán no es asunto reciente, es una cuestión que se originó en la Edad Media y se consolidó en el periodo del sultanato, en el que la dinastía de gobernantes con nexos tribales árabes adoptó el Islam como el credo religioso oficial y las costumbres árabes como normas de comportamiento social y político.

Un ideario político fue retomado por las élites árabes cuando se consumó la independencia en 1956 y fue por eso que se desató en 1957 la guerra civil entre las fuerzas islámicas del norte y las cristianas y animistas del sur.

Esta guerra terminó en 1972 con un armisticio entre el Gobierno y las fuerzas separatistas del sur, en el cual se proclamó la autonomía del territorio del sur. Sin embargo, al-Bashir al llegar al poder suprimió esa autonomía y promulgó unas reformas para consolidar la islamización, pero terminó reactivando la guerra.

En 2003 se firmó un armisticio que dio paso a la instauración de un gobierno de reconstrucción nacional, que puso fin a la guerra entre el norte y el sur. Pero se desató la guerra abierta en la región de Darfur, un territorio situado al oeste y dividido en tres Estados federalizados, de los 26 que tiene el país.

Una división que obedeció a una estrategia política de convertir a las tribus árabes en mayoría en cada uno de los Estados y, de paso, aumentar su predominio económico y político sobre los otros clanes que con la fragmentación, los exterminios y los desplazamientos quedaron siendo minorías.

La guerra de Darfur no es un conflicto entre musulmanes y cristianos, en virtud de que la mayoría de la población de los tres Estados es musulmana, sino una guerra entre clanes de origen árabe dedicados al pastoreo de ganado y las tribus nativas, en su mayoría agricultores.

Indudablemente, es una lucha tribal que tiene como trasfondo el control de las regiones de Bentiu y Renk, que concentran las más grandes reservas de petróleo, níquel, uranio, las tierras más fértiles y las principales fuentes de agua del país.

Los acuerdos de cese al fuego que se han firmado desde 2004 y reiterado el año pasado han sido frecuentemente violados por las milicias Janjawid, con el apoyo de fuerzas del Gobierno que llevan a cabo campañas de limpieza étnica con violaciones a las mujeres de las tribus no árabes, utilizando las matanzas, los exterminios, las quemas y los saqueos de aldeas como instrumentos de guerra para expulsar a millares de personas de sus territorios.

De acuerdo con las estadísticas de la ONU, en los últimos cinco años han muerto mil sudaneses y diariamente otros millares se refugian en los países vecinos, como consecuencia de las limpiezas étnicas de la Janjawid.

El autor es periodista y escritor


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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