Espacio para vivir.
Población mundial es excesiva
María Dolores Medina
opinión@prensa.com
El 11 de julio se celebró el Día Mundial de la Población, pero a mi parecer no hay nada que celebrar. Veamos por qué. Los seres humanos podemos multiplicarnos infinitamente, mientras el planeta Tierra en donde vivimos tiene límites físicos. A menos que construyamos islas artificiales en medio del mar, llegará el momento en que no cabremos en este planeta, y viendo la manera que nos estamos multiplicando, ya está llegando el punto de saturación.
Cuando yo era niña – de eso hace más de medio siglo – oía a mi madre decir que todos los niños llegan a este mundo con el pan bajo el brazo. Bueno, tal vez eso fue en esa época, pero ahora los niños más bien llegan con una lista de peticiones: buena alimentación, buen cuidado médico, buenos estudios, trabajo para ganarse la vida y no hay que olvidar, distracción - ocio.
Para satisfacer todas esas exigencias del hombre moderno, lo que más se necesita es espacio - tierra, espacio para cultivar y criar ganado, espacio para habitaciones, centros de salud, escuelas, lugares de trabajo, vías de comunicación y, por supuesto, hoteles y centros turísticos. Como la población no hace más que crecer y todos queremos una mejor calidad de vida sin privaciones, la demanda de tierra se hace cada vez mayor. Por eso talamos los bosques -los pulmones de la tierra- y destruimos los manglares, la flora en general, reduciendo así el hábitat de la fauna, que poco a poco se va extinguiendo. Considerando que las otras especies animales tienen tanto derecho a este planeta como el hombre, esto es una injusta y lamentable pérdida.
Es hora, pues, de ser responsables y reducir la tasa de natalidad. A los religiosos que se oponen a la contracepción porque Dios nos mandó, en el Antiguo Testamento, a multiplicarnos y poblar la Tierra, yo les voy a contar una historia real que ilustra muy bien mi opinión sobre este sujeto.
Yo viví en Filipinas muchos años, por motivo de trabajo de mi esposo. Dicho sea de paso, pasé allí unos años muy felices, los filipinos son muy alegres y acogedores. Yo tenía una empleada llamada Mary, una mujer madura, trabajadora, responsable, honesta, en fin, la ayuda doméstica ideal. Cuando yo le daba instrucciones, las seguía al pie de la letra. Cuando el verano llegó, yo le pedí que todos los días a la caída del sol regara el jardín y así lo hizo ella religiosamente. Cuando llegaron las lluvias, una tarde veo con gran asombro a Mary regando el jardín, protegiéndose de la lluvia con un paraguas.
La moraleja es: ya cumplimos con el mandato, ya podemos dejar de regar el jardín. No sigamos destruyendo nuestro lindo planeta.
La autora es técnica en estadísticas jubilada
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