De los ocho ríos que atraviesan la capital, todos presentan un alto grado de contaminación. La culpa es compartida, porque la mayoría de los ciudadanos son cómplices de haber convertido los ríos en kilométricos retretes de basura y desechos industriales, al verter en ellos, en la calle o en la cercanía de su lecho, lo que luego la lluvia arrastrará a su torrente.
No entiende, ni diferencia el panameño, que la lata de soda, el plástico y el químico que pierde su uso y se tira al río se convierte en un arma contra su propia familia y descendencia. Amar a la familia es aprender a cuidar estas fuentes de vida que no son de nadie y son de todos.
Desgraciadamente las anteriores generaciones han sufrido inundaciones, y las nuevas las siguen padeciendo. Pero no se ve una luz que anuncie que el pequeño de ayer, hoy creció y aprendió la lección. La contaminación no solo nos llega a los pies sino también a la cabeza. |