EL MANUAL QUE NECESITAMOS.
Lo dijo Honorato de Balzac
Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net
En un escrito anterior sugería la confección de un manual para ayudar a los visitantes extranjeros a conocernos mejor; a resistir como nosotros, porque no nos queda otro camino, la bulla, el caos en las calles, los “bien cuida’o”, el tortuguismo en las oficinas gubernamentales, y otras situaciones que no son fáciles de asimilar para los que vienen de países que se rigen con orden y respeto.
Lo del manual lo pensé al ver a un desconcertado turista tratando de entender qué tenía que hacer para cruzar los cuatro paños de la Vía España sin infringir la ley, en vista de que no había líneas de seguridad ni policías ni conductores corteses.
Recientemente, después de hacer un trámite oficial, concluí que, por razones de salud, deberíamos contar con un manual que podría titularse “Cómo realizar gestiones en oficinas públicas sin morir en el intento” ¡Porque se necesita aguante! Les cuento.
Después de incontables ring, ring, triunfó mi tenacidad: alguien atendió el teléfono en la oficina a la que tenía que ir; pedí la dirección del lugar, horario de atención al público, nombre del encargado y lo más importante, qué documentos necesitaba llevar.
Encontrar estacionamiento algo cerca me hizo sentir como ganadora del Gordito del Zodiaco; para bajar del carro hice complicadas piruetas, estirando las piernas como para competir con nuestro Irving Saladino, única forma de alcanzar la acera sin pisar un pestilente charco; la fetidez proveniente de un local abandonado y atiborrado de basura se prendió a mis napias; lo que quedaba de acera me puso a jugar a la rayuela, un pie aquí, un brinco, el otro pie allá; reduciendo aún más el espacio para caminar, había vendedores de pixbae, guineos, aguacates, empanadas, bollos, cigarrillos, lotería y periódicos.
El ascensor del viejo edificio, ¡sorpresa!, funcionaba, lo que me salvó de usar la escalera de desgastados y estrechos escalones hechos como para pie de niños, supongo que por razones de economía.
La puerta indicada decía: “Puerta inhabilitada, use la otra”. Lo hice y me dirigí a la señora E. quien, tras breves minutos, muy amablemente me entregó el formulario que debía llenar. Entonces… ¡no podía ser de otro modo!, me pidió un documento que no estaba entre los que me habían indicado previamente; muy comprensiva, no sé si por mi cara de angustia, o por consideraciones relacionadas con el “calendario”, tuvo la gentileza de pasar por alto el documento que, a mi modo de ver, era absolutamente innecesario.
El siguiente paso: “Vaya a tal piso a sacar fotocopia de la cédula”; la ventanilla para fotocopias tenía 14 letreros (los conté) con mensajes como “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, “La risa es salud”, “Dios está conmigo”, Oración de la serenidad, etc., de los que solamente se salvaba el agujero por donde pedir la copia; para pagar los cinco centavos de la copia me enviaron a otra oficina; allí me dieron dos recibos, y de vuelta a la fotocopiadora; mientras esperaba, terminé de leer todos los sabios consejos en la ventanilla.
En esos momentos poca gracia me causaba el que decía: “Una sonrisa ilumina más que un foco, y es gratis”. Regresé a esperar turno. El siguiente paso, “Lleve esto a la señora que está allá, con la camisa blanca”; ésta, que se encontraba a unos 10 pasos, buscó en la pantalla, anotó algo en el papel y… “Vaya otra vez donde la señora E.”, quien miró el formulario y me pasó al señor en el escritorio vecino donde nuevamente mostré la cédula, verificó, me pidió el pago, puso un sello al documento, me extendió un recibo... y nuevamente al punto inicial y …“Espere, que la jefa tiene que firmar”; minutos después la señora y el documento hicieron el viaje hasta el escritorio de la jefa, quien se encontraba en amena charla con una amiga, carcajadas y todo. Seis funcionarios habían intervenido para expedir un documento que no debió requerir más de tres, ni tanto “ir y venir” de un lado a otro durante casi una hora.
Mirando a mi alrededor me preguntaba cómo andarían el ánimo y la salud de estos funcionarios. La oficina estaba atiborrada de cajas llenas de papeles en todos los rincones y espacios libres; el techo, con láminas aislantes que faltaban, otras medio caídas; algunas lámparas sin los tubos fluorescentes; un par de cuadros del año de ñaupa, eran intento vano por alegrar la deprimente oficina; las cortinas verticales habían visto mejores días. Finalmente recibí el documento que había ido a buscar y me marché contenta conmigo misma por mi paciencia.
En ese ambiente deprimente, hacinados, poco propicio para trabajar a gusto, y obviamente malsano, muchos funcionarios (mandos medios y bajos, sobra decir) tratan de cumplir lo mejor que pueden.
El clientelismo político alimenta el devorador monstruo de la burocracia y descuida el bienestar mínimo con el que deben contar los que de verdad “agachan el lomo” y tienen que verse cara a cara con gente descontenta que descarga sobre ellos airadas quejas por la deficiencia de los servicios.
El manual que sugiero no resolvería los males, pero ayudaría a sobrellevarlos. Honorato de Balzac, el insigne escritor francés, dijo en el siglo XIX que “La burocracia es una máquina gigantesca operada por pigmeos”. Qué diría hoy si viera nuestra planilla gubernamental? En marzo 2008, 160 mil 775 funcionarios. ¿Cuántos habrá al final de esta campaña electoral?
La autora es comunicadora social
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