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Panamá, viernes 11 de julio de 2008
 

FALTA DE REGULACIONES.

Pacientes sin fronteras

1056745Pedro Ernesto Vargas
opinion@prensa.com

Hace ya varios meses, con un sesgo mercantilista y no menos sensacionalista, propio de la industria turística en riberas tropicales, se ha estado ventilando en nuestro medio un tópico sin definiciones claras: el turista médico, una especie de consumidor de productos médicos y quirúrgicos que viaja en busca de mejores costos.

Bien conocida por la industria del turismo es la legendaria época, cuando las gentes privilegiadas se movían de todos los continentes a estos sitios particulares en busca de sales, aguas, soles, arenas, lodos, climas y paisajes para mejorar su salud.

Hoy día, la iniciativa con el rimbombante título de “turismo médico” obedece a las exigencias del mercado y tiene una sola dirección: de EU hacia los países subdesarrollados o en desarrollo. En el año 2005 se estimó que 500 mil norteamericanos salieron del país en busca de alguna forma de tratamiento médico. Algo así como una fuga de pacientes. La razón es sencilla: los altos costos de la tecnología y el creciente número de gentes, en la clase media estadounidense, sin coberturas de seguros médicos que les asegure atención y tratamientos tan costosos.

En el gran mercado de ofertas y demandas, Panamá no está en un lugar preferencial con respecto a sus vecinos de Centro y Sur América. No importa cuánta asociación honrosa con centros médicos norteamericanos se luzcan. Habría que, como se dice vulgarmente, “bajarse los pantalones”, que no es otra cosa que tirar los costos por el piso, con tal de decir que se operan o se atienden pacientes extranjeros.

¿Por cuánto tiempo puede hacerse esto? Si algo ha hecho prosperar la idea entre los pacientes norteamericanos es la posibilidad de mejores costos por una calidad profesional similar y unos resultados buenos o excelentes, debido a la presencia en este y otros continentes de médicos entrenados en los mejores centros de EU y Europa. Iguales son los resultados de la cirugía estética o de los tratamientos de fertilidad en estos otros lugares, pero los costos varían significativamente si se hacen aquí, que en Costa Rica, México, Colombia, Argentina, o en Singapur, Tailandia o la India, por ejemplo.

En nuestro medio, es necesario que discutamos estos asuntos con cabeza fría si queremos o no participar exitosamente del producto de esta industria, que produjo, en 2006, 60 mil millones de dólares en todo el mundo y en cuatro años estará produciendo arriba de los cien mil millones de dólares.

¿Dónde quedan no solo los privilegios sino también las credenciales de quienes entran en el mercado profesional del “turismo médico”, sean médicos, enfermeras, dentistas, tecnólogos u hospitales? ¿Quién los exige? ¿Quién los corrobora? ¿Son los mismos requisitos aquí que allá? ¿Bajo qué parámetros se cumplirá con las exigencias de quién o quiénes? Estos son aspectos de la globalización que se tienen que haber discutido antes de que la explosión “turística” se anuncie, se ofrezca o se practique. “Turismo médico” sin claras reglas del juego, en un mundo globalizado, funciona con un altísimo riesgo legal y ético, inclusive, económico.

Esas reglas tienen que darse en el acuerdo mutuo sobre aspectos de salud entre instituciones nacionales (ministerios de salud, comercio, finanzas y relaciones exteriores) con instituciones internacionales. Los ministerios de salud tienen que tener amplias discusiones con los trabajadores de la salud para plantear directrices. Los acuerdos tarifarios como los de servicio, ya se discuten en organismos fuera del contexto nacional, como el Gatt y el Gats, pero carecen de la participación válida de todas las partes y muchos gobiernos consideran, erróneamente, que esto es un asunto que solo compete al comercio, a las finanzas o a las relaciones exteriores. Quedan aún muchas preguntas que no se resuelven o que ni siquiera se permiten en esta nueva relación médico: paciente sin frontera.

¿Qué implicaciones tiene un procedimiento considerado ilegal en el país del turista y tolerado en el país huésped? Hay pacientes que buscan la eutanasia en países donde es permitida, por ejemplo. ¿Cómo se ventilarían los errores médicos? ¿De quién es la responsabilidad de hacer el cuidado de seguimiento, por ejemplo, de un embarazo de alto riesgo, logrado en un país huésped? Sin temor a equivocarme puedo decir que este paciente que sale de su país en busca de un tratamiento o de una cirugía más barata está mucho más cerca de demandar, a posteriori, por su insatisfacción con el resultado. Entonces, el “turismo médico” no claramente regulado, tanto o más que dejar dólares puede llevarse dólares.

Pero otra preocupación se cierne sobre este asunto y que no debemos soslayar: el encarecimiento eventual de la medicina nacional y el deterioro del acceso a los servicios de salud entre aquellos con menor capacidad adquisitiva. El turista médico compite con el paciente local, una vez que los centros médicos, las clínicas y los hospitales se empeñarán a, de todas o cualquier forma, acaparar esos pacientes y esos dólares. La infraestructura médica y hospitalaria se refuerza para recibir estos ejércitos de enfermos que ya han presupuestado sus gastos y, al hacer esto, descuida su compromiso con el nacional. ¿Cómo asegura el Estado que el principio de equidad prevalezca? Estas preguntas no van a derrumbar la industria del “turismo médico”.

Sus respuestas tienen que discutirse con seriedad y buscando soluciones, porque la globalización del comercio y de las relaciones humanas, que nadie tiene interés en detener y no se detendrá, no tiene por qué exceptuar las actividades en el campo de la medicina y la cirugía. La convergencia global de la medicina tiene muchos más aspectos positivos que negativos para el beneficio de los pacientes y de los médicos. La búsqueda fuera de sus fronteras, de recursos médicos y quirúrgicos menos costosos y de alta calidad, comienza a apreciarse entre los ciudadanos.

Del implante mamario o la cirugía cosmética dental y el tratamiento de la infertilidad, el paciente norteamericano comienza a salir para buscar resultados óptimos a costos inferiores para la cirugía de columna, la cirugía coronaria y los implantes ortopédicos. La competencia por esos pacientes moviliza a los países interesados, flexibiliza sus fronteras y crea nuevos documentos para facilitar sus estadías. ¿Cuándo comenzamos la discusión?

El autor es pediatra y neonatólogo


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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