PARALELISMOS.
El costo de un secuestro
Emma Mendoza
opinion@prensa.com
El rescate de 15 secuestrados de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) por parte del Ejército colombiano, incluyendo a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, ha sido motivo de regocijo para todos los amantes de la paz y de los derechos humanos.
Con ello se pone fin a un largo calvario a las víctimas de una acción que no tiene ninguna justificación política ni militar, y que esperamos se haga extensiva a todos los demás hombres y mujeres que han sido privados de su libertad como consecuencia de la irracionalidad y el fanatismo.
De la misma manera esperamos que se ponga fin al interminable secuestro del que somos víctimas miles de panameños por la acción irracional y prepotente de los carteles del transporte, que amparados por el atávico oportunismo político, la endémica debilidad de los gobiernos, la incompetencia crónica de las autoridades de tránsito y las necesidades de un pueblo expoliado, han institucionalizado por más de 30 años el abuso, el maltrato y la irresponsabilidad como forma de ejercer su derecho al trabajo.
Como ocurre con algunas buenas intenciones políticas (y para muestra la “Ley Seca” que entronizó la mafia siciliana en Estados Unidos), esta larga crónica de muerte y vejaciones digna de haber sido incluida por Borges en su Historia Universal de la Infamia, tuvo sus inicios cuando al general Omar Torrijos Torrijos con el afán de cooptar amplios sectores de la población en un proyecto populista mal visualizado, liquidó las empresas de transporte para poner el servicio en manos de estos agentes del atraso –que con cierto eufemismo se hacían llamar “trabajadores del volante” en ese afán por elevar a la dignidad proletaria los reductos del “lumpenato”– con un resultado desastroso tanto para los usuarios del transporte, como para los verdaderos trabajadores del timón que por décadas han visto estragadas sus vidas y la de sus familias sin seguridad social, ni prestaciones médicas ni derecho a jubilación, manejando 15 horas diarias con sol y agua para poder sacar la cuenta.
Más de 30 años transcurridos en los cuales hemos sido víctimas de colisiones, insultos, maltratos, paros antojadizos y asesinatos colectivos por parte de “empresarios” del transporte cuya única responsabilidad es mantener rodando a duras penas autobuses que en cualquier país civilizado llamarían chatarra, como en efecto es calificada y vendida en los patios de remate de las ciudades del sur de Estados Unidos. Años de acuerdos incumplidos, medidas violentadas, curules legislativas negociadas, cuantiosos préstamos irrecuperables, generosas exoneraciones, contubernios de políticos y dirigentes. Años terribles de humillación y temores, de corrupción y muerte.
Sin embargo, hoy todos los panameños que usan o no el transporte público respiran ilusionados con el fin de la era del terror, en la creencia de que la sórdida figura del “empresario del transporte” va a desaparecer para dar paso a una imagen corporativa con algún grado de responsabilidad cívica y legal ante los usuarios. Nada más alejado de la verdad, puesto que aún no hemos visto las páginas interiores del diario en el cual políticos y dirigentes brinden con champán los acuerdos para la puesta en marcha del nuevo proyecto.
Todavía no sabemos, y tal vez no lo sabremos nunca, lo que va costar a los contribuyentes, no al Gobierno, la indemnización a los transportistas por un cupo que es del Estado y por una unidad que es chatarra.
La nada despreciable suma de 30 mil dólares por unidad que originalmente no vale más de 7 mil en las ventas de patio de San Antonio, El Paso o Miami, calculada por 2 mil armatostes arroja la nada módica suma de 60 millones de dólares, que saldrán de los bolsillos de los contribuyentes para pagar el secuestro que los carteles del transporte han mantenido sobre los panameños por más de 30 años.
Millones de dólares que nuncallegarán a las madres indígenas en medicamentos y vestidos; a los niños campesinos en zapatos y libros; a los ancianos a través de sus magras jubilaciones o a los enfermos que esperan ansiosos la llegada del medicamento que mitigue su dolor.
No obstante, y como debe ser en toda película de Disney, disfrutemos de esa ilusión y brindemos por el rescate negociado entre el humo y escándalo de diablos rojos. Es posible que el secuestro llegue a su fin y podamos caminar tranquilos, respirar aire puro y recuperemos nuestra dignidad humana como siempre lo soñamos hasta que, y he allí lo terrible, escuchemos un “bocinazo” de un revivido diablo rojo y gritemos como el otro: “¡la Historia se repite en espiral!”.
La autora es docente de la Universidad de Panamá
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