formas de vivir.
Encuentro de vidas bajo el semáforo
Un grupo kuna ha hallado el espacio perfecto para ofrecer un espectáculo de malabares.
| LA PRENSA/ Eric Batista |
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| arte. Los malabaristas entretienen bajo los semáforos. 1054741 |
Estefanía Alemán
ealeman@prensa.com
Dago, Joel y Rony son tres malabaristas kunas a quienes usualmente se les encuentra bajo algún semáforo de la Avenida 12 de Octubre, de El Dorado, de la Vía España o en las calles del Casco Viejo.
“El grupo kuna tiene dominado el malabarismo de las calles”, dice uno de ellos, entusiasmado, refiriéndose a los chilenos y argentinos que ocasionalmente ofrecen el espectáculo.
La historia cuenta que el malabarismo es un arte que apareció mucho antes del nacimiento de Jesucristo, y se cree que estuvo relacionado con rituales religiosos.
Ya en el siglo XVII, los malabaristas solían ser vagabundos que ofrecían sus destrezas como método de sobrevivencia. Poco a poco los trucos de velocidad y coordinación fueron atrayendo la atención de la clase media y alta, por lo que de las calles pasaron a los teatros y circos.
Tal vez sin proponérselo o sin saberlo, Dago, Joel y Rony son descendientes de aquellos “buscadores de vida”.
Al principio, cuentan, hubo un grupo llamado Odule –seres de oro en lenguaje kuna–, integrado por 18 malabaristas, todos kunas. Hoy, el grupo se ha reducido a cinco, incluyéndolos a ellos, ya que el resto decidió dejar las calles y formar una familia.
Joel tiene 16 años y es hermano de Dago, quien tiene 19. Nacidos en la ciudad capital, poco visitan la Comarca Kuna Yala, y ambos estudiaron solo hasta el octavo grado.
Aprendieron sus trucos en 2004, cuando un primo se los enseñó luego de un viaje que hiciera a Alemania.
Los hermanos ofrecen su arte –durante tres horas al día– a los conductores que esperan la luz verde, y en ese tiempo pueden llegar a ganar hasta 50 dólares (en un buen día); ó 35 dólares, en uno regular.
Rony, por su lado, es el más viejo del grupo. Tiene 24 años y empezó a practicar malabarismo hace cinco. Quiere retirarse ya, confiesa, para conseguir un trabajo formal, aunque no descarta la práctica del malabarismo como pasatiempo.
¿Cuánto les tomó aprender todas las vueltas, los lanzamientos, el dominio de las varas ardiendo?
Joel dice que tan solo tres días. El resto del tiempo ha sido para perfeccionar los movimientos, aunque siempre bajo la mirada atenta de los choferes impacientes.
¿Hasta cuándo sobrevivirá el grupo Odule?
Dago quiere llegar con el malabarismo “hasta el final”. Quiere viajar y conocer colegas; vivir de esto.
Joel, por su lado, tiene una meta quizá más aterrizada. Desea dominar siete clavas, lo que significa manejar en el aire siete palos simultáneamente. Solo después planea terminar la escuela y conseguir trabajo.
¿Que si alguna vez se han quemado en medio de las presentaciones?
Muchas veces, admiten, y también durante las prácticas, porque algunos de los trucos incluyen introducirse una de las varas con fuego en la boca. Dago, de hecho, tiene marcas en la cara como prueba de alguno de esos accidentes.
Aún así, dicen, lo importante es no tener miedo. Se trata de disfrutarlo, como antaño, y convertir espacios de la ciudad en un pequeño teatro, en un cálido circo.
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