ESCASO OPTIMISMO POLÍTICO.
Con disfraz de democracia
Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama
“La historia”, dijo Konrad Adenauer, “es la suma total de todas aquellas cosas que hubieran podido evitarse”. Si nuestros políticos pusieran atención a estas palabras, tal vez entenderían lo que sucede en Colombia, donde hace casi medio siglo un reducido grupo de campesinos descontentos se organizó para sacudirse la desigualdad social, la pobreza y la corrupción, mayormente causada por el Estado. El movimiento campesino se extendió hasta convertirse en las temibles y poderosas FARC que, en el camino de la lucha, abandonaron sus ideales hasta devenir en un desprestigiado grupo capaz de atrocidades sin nombre. Como contrapeso a este movimiento, con la colaboración extra oficial del Gobierno, los latifundistas, y el poder económico, surgió el paramilitarismo, otro monstruo.
Los motivos que desencadenaron casi medio siglo de violencia en Colombia, ¿no son, acaso, los que en Panamá se plantean en todas las manifestaciones de protestas; en las quejas individuales de ciudadanos que sienten que sus derechos son pisoteados, y sus necesidades, insatisfechas? Los partidos políticos, disfrazados de democracia son, a fin de cuentas, los verdaderos apoderados del Estado; de ellos depende el rumbo del país y la calidad de vida de los ciudadanos. A casi un año de las elecciones la oferta política, lejos de tranquilizar, aumenta mi desconfianza; todo parece indicar, y duele decirlo, que poco, o nada, cambiará; los discursos, del signo que sean, me llevan a pensar que los políticos son de una casta cuyo objetivo es ganar el poder como medio para proteger sus intereses y los del partido; para vivir a sus anchas costeados por el erario público. Son miles los ingenuos, sobre todo los jóvenes, que mantienen la esperanza de que con su voto lograrán que las cosas mejoren. Contrariando mi natural optimismo para manejar situaciones personales, ando escasa de optimismo político. Solo un milagro podría devolverme la fe en los políticos; para hacerme creer que alcanzar el poder para servirse de él no es su objetivo principal.
El escaso valor del voto quedará demostrado cuando se instalen los mandantes de turno, que “se pasarán por el forro” las promesas con las que nos engatusan; cuando cambien, a su antojo, los programas ofrecidos y ya posesionados, hagan bueno lo que ayer calificaban como malo.
No dudo que haya políticos honestos y bien intencionados. Hay quienes piensan que donde hay un político todo es corrupción. Este generalizado estigma alcanza hasta a los pocos que no lo merecen, y es lamentable. Los partidos, tiranos de la “democracia”, no escogen sus candidatos por su trayectoria honesta, formación intelectual, o principios éticos, sino por los puntos que hayan ganado dentro del partido; porque “arrastran” votos; porque garantizan ser yes man de la camarilla; porque disponen de dinero para pagar la campaña. Basta echar un vistazo a la composición y la conducta de la Asamblea de diputados para constatarlo; con escasísimas excepciones, causan verdadero bochorno. Algunas veces me he preguntado, ¿qué es un político?
¿Es la política una profesión? ¿Es buen político el que maneja con éxito el arte del engaño y la trampa, y mal político el que no lo hace? Para los que en su vida no han hecho más que vivir de ella, como sempiternos funcionarios, es provechosa profesión; para otros, afortunada y ocasional oportunidad para varios años de bonanza que pagamos usted y yo. Estos señores son, generalmente, individuos comunes que una vez instalados en el poder se creen superiores; sastres de leyes hechas a la medida de los que les financian las campañas; que dicen representarnos cuando lo cierto es que para ellos solamente somos escalones para acomodarlos en la ubre gubernamental; y que se protegen con leyes que ellos mismos preparan para cubrirse las espaldas.
En este campo la máxima aspiración es hacerse con el poder aunque haya que despojarse de sanos escrúpulos. Honrar la palabra empeñada es acción poco usual en política; la amnesia, condición necesaria para pasar por alto insultos y afrentas de ayer porque hoy conviene “tragar sapos”, algo que estamos viendo en la campaña actual; y la caparazón del cinismo, escudo vital para nadar en las turbias aguas de la política. Y para que no los juzguemos, los políticos deforman nuestra moral cívica al punto de llevarnos aaceptar, como natural, que el voto vale sacos de cemento, bolsas de comida, becas, sillas de ruedas, un puesto en la planilla estatal.
El panameño tiene bien ganada fama de pacífico y jacarandoso. Pero es jalarle las barbas al diablo que los gobernantes persistan en prácticas que, además de privarnos de una mejor calidad de vida, nos agrían el carácter. Es un hecho que la economía mundial está en crisis pero, también, que el mal uso de los bienes del Estado agudiza la nuestra. Panamá es un país privilegiado que, a pesar de su gran potencial para el desarrollo y asombrosas cifras de crecimiento económico, persiste como país con abismal desigualdad en la repartición de la riqueza. Bien harían en voltear la mirada hacia nuestra hermana Colombia, desgarrada largos años por una chispa de inconformidad que se convirtió en hoguera. Dice un refrán, cruel y feo por cierto, que “la necesidad tiene cara de perro”. Explotar esas necesidades sirve para acceder al poder. Dijo L. Dummur, escritor francés, que “La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve”.
La autora es comunicadora social
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