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Panamá, sábado 5 de julio de 2008
 

PROYECTO DE SEXUALIDAD Y SALUD REPRODUCTIVA.

Otro golpe a la familia

Iris Canto de Méndez
opinion@prensa.com

Estamos plenamente identificados con la urgencia y el deseo de bien que las autoridades manifiestan en el proyecto de “Sexualidad y salud reproductiva”, que promete alcanzar un “estado de completo bienestar biológico, psicológico, social, emocional, y espiritual en todos, los aspectos de la vida humana vinculados a la sexualidad y a la reproducción”. Pero, después de leerlo detenidamente llegamos a la conclusión de que es un peligroso engaño y es una obligación ineludible oponernos y denunciar que el contenido de este proyecto es lo contrario a lo que pretende o presenta como finalidad.

En él se habla de proteger los derechos humanos en esta materia. Pero es injusto hablar de derechos humanos en cualquier materia de salud, cuando todos sabemos la realidad del sistema que afecta especialmente a los más humildes, quienes al acudir con graves enfermedades a los centros de salud, tienen que hacer largas filas, esperar meses para ver a un especialista, para que se les haga un examen, o una cirugía. Sin mencionar la crónica falta de medicamentos o la atención, muchas veces, indigna de seres humanos. Esto en el caso de los que pueden llegar a los centros, porque hay miles de hermanos panameños que se encuentran casi incomunicados en áreas de las comarcas donde solo la misericordia de Dios los ampara.

Por lo anterior, se revela la verdadera razón de ser de este proyecto, se manifiesta en el aberrante concepto de sexualidad que contiene y que ignora por completo la verdadera función y finalidad de la sexualidad humana, que requiere para realizarse, de una familia, de unos padres; en los que se concreta el grado más alto del amor y de la sexualidad. Esta paternidad se realiza en la entrega mutua y total, de un hombre y una mujer que fundan esa unión como misión y sentido de sus vidas en el matrimonio (maternidad y paternidad). Es decir, la sexualidad humana requiere de padres para realizarse.

Como lo expresó Juan Pablo II en su libro Amor y Responsabilidad: “La procreación es el fin esencial de la tendencia sexual”, es el medio de perpetuar las especies en la existencia, aunque a diferencia de los animales, que no tienen conciencia de esa misión, en los seres humanos esa finalidad es consciente y requiere de una familia fundada en el matrimonio, de un hombre y una mujer para realizarla, la sexualidad humana requiere de padres.

Al desconocer esa realidad de la sexualidad y su integridad en las personas, este proyecto se convierte en un ataque directo a la familia y a la sociedad panameña. Es un intento de crear una legislación que atienda la sexualidad y salud reproductiva separada de su finalidad humana (en ningún punto del proyecto se menciona el ¿por qué de la sexualidad?). Así, mediante una conveniente ignorancia de lo esencial, se separa a la familia, al matrimonio y su finalidad de procreación, del proyecto de ley. Aquí está el grave peligro y el objetivo real: legitimar desviaciones sociales que amenazan descomponer cada vez más el ya deteriorado tejido familiar de la sociedad. Es un intento de legitimar patologías, enmascarándolas con ideologías, como la de género, donde las personas determi- nan su sexo no por lo que naturalmente son, un hombre o una mujer, sino por su “orientación sexual”.

Se persigue poner como finalidad de la sexualidad el placer sin otro objetivo que la satisfacción de los instintos, ignorando que las consecuencias de esta orientación ya son harto conocidas en nuestra sociedad. Ahora se intenta legalizar, lo que en la práctica se ha procurado hacer por todos los medios: instaurar en la sociedad panameña un trato de la persona humana como mercancía, como cosa. Con el fin de favorecer intereses económicos, o de grupos desadaptados socialmente. Hemos terminado por legitimar conductas que nos ubican en un lugar inferior al de los animales, sin un sentido humano de vida.

Y ahora el remedio viene a ser peor que la enfermedad. Una sexualidad sin familia, sin matrimonio, sin procreación como finalidad, es igual a la mayor decadencia y degeneración social, como afirma Benedicto XVI: “No se trata ciertamente de atenernos a un moralismo desfasado, sino de sacar lucidamente las consecuencias de las premisas: el placer, la libido del individuo se convierte en el único punto de referencia posible del sexo… busca una razón subjetiva en la satisfacción del deseo, en una respuesta, lo más “gratificante” posible para el individuo, a los instintos, a los cuales no se puede oponer un freno racional… Resulta entonces natural que se transformen en “derechos” del individuo todas las formas de satisfacción de la sexualidad. Así, por poner un ejemplo muy del día, la homosexualidad se presenta como derecho inalienable.

Al desgajarse del matrimonio fundado sobre la fidelidad por toda una vida, deja la fecundidad de ser bendición para transformarse en lo contrario… He aquí por que el aborto provocado… se transforma en otro “derecho”.

Como personas, como creyentes, como cristianos o como católicos, tenemos que reaccionar. Suficiente daño hacemos ya con el silencio cobarde que permite el reinado de los vicios y la cultura de la muerte. Luchemos por lo que todos sabemos que es lo verdadero, lo humano, lo digno. No permitamos que el temor nos paralice. Construyamos la sociedad sobre la familia, fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer que se entregan para toda la vida a la tarea de formar personas, “Es en la obra de la educación de nuevas personas donde se manifiesta toda la fecundidad del amor de sus padres”, Juan Pablo II.

La autora es profesora en pedagogía


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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