CAOS GENERALIZADO.
La espiral de Zimbabwe
Marian L. Tupy
La situación política y económica en Zimbabwe se está volviendo cada vez más crítica, pero el Gobierno de Zanu–PF parece determinado a mantenerse en el poder pase lo que pase. Ya es hora de imponer un embargo de armas al régimen asesino de Robert Mugabe. No obstante, para que funcione, se requiere presionar para que éste sea también aplicado en los Estados sudafricanos, y en Sudáfrica en particular.
Las noticias desde Zimbabwe empeoran cada día. El Gobierno ha soltado al Ejército y a la Policía en contra del Movimiento por el Cambio Democrático (MCD). Decenas de activistas del MCD han sido asesinados, torturados o asaltados. El control estatal de la prensa y la prohibición de reuniones públicas hicieron imposible que el candidato del MCD, Morgan Tsvangirai, ganara la segunda ronda de la elección presidencial. En consecuencia, dejó la contienda y Mugabe ganó automáticamente.
En el frente económico, la situación es terrible. La crisis económica, que surgió a raíz de la expropiación de las haciendas comerciales efectuada por Mugabe en 2000, ha dejado a cuatro de cada cinco ciudadanos sin trabajo. El ingreso tributario del Gobierno colapsó así como muchos de los servicios públicos. Se le ordenó entonces imprimir dinero al Banco de Reserva de Zimbabwe para compensar el déficit en el presupuesto, generando la primera hiperinflación del siglo XXI. Para finales de junio, la inflación total durante el período de hiperinflación llegará a la impresionante cifra de 366 millardos por ciento, 36 veces más que la inflación total que enfrentó la República de Weimar a principios de la década de 1920.
Para ser exitoso, un embargo de armas debe tener el apoyo de los Estados sudafricanos en general, y de Sudáfrica en particular. La cooperación de los Estados sudafricanos ahora parece más probable. Líderes regionales, como los de Angola y Zambia, quienes antes han permanecido en silencio con respecto a la crisis en Zimbabwe, han ido incrementando sus críticas hacia Mugabe.
Hoy el objetivo debería ser que el apoyo del presidente Thabo Mbeki a Mugabe se vuelva cada vez más costoso para Sudáfrica. El gobierno de Mbeki, actualmente en el Consejo de Seguridad de la ONU, debería ser inhabilitado y forzado a votar sobre el embargo inmediato de armas. Además, los sudafricanos deberían estar informados de que la ambición de su país de convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU seguirá siendo un imposible mientras sus gobiernos continúen apoyando a dictadores en Birmania, Cuba, y Zimbabwe. Finalmente, los sudafricanos deberían saber que la controversia con Mugabe amenaza el éxito de la Copa Mundial de 2010, de la cual serán anfitriones.
Nunca fue probable que la elección presidencial trajera una solución a la crisis en Zimbabwe. Robert Mugabe, después de todo, dijo claramente que no va a dejar el poder mientras él viva. Como tal, la presión internacional intensa sobre el Gobierno de Zimbabwe nunca había sido tan necesaria.
La autora es analista en el Centro para la Libertad y Prosperidad Global del Cato Institute
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