El reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia es uno de los pronunciamientos más importantes que han salido de dicho tribunal en la última década. Para cualquier constitucionalista, la postura de quienes dominaban la Corte hasta hace poco era una aberración jurídica.
Permitir que el Ejecutivo, mediante un decreto, pudiera “indultar” casos que ni siquiera habían sido juzgados por el Órgano Judicial, dispensando alegremente favores a amigos y allegados investigados, no solo contradecía abiertamente el texto constitucional: era un burdo bofetón al estado de derecho, abanicado por un grupo de magistrados inescrupulosos.
La modalidad la impuso descaradamente la administración de Pérez Balladares, pero alcanzó niveles escandalosos con la presidenta Moscoso y su Corte.
A partir de ahora, los profesores de derecho constitucional podrán nuevamente explicarles a las futuras generaciones la diferencia fundamental entre el indulto y la amnistía.
La correcta lectura que ha dado la Corte del mandato constitucional, recobra la cordura perdida, y más importante aún, nos recuerda aquella honrosa expresión “¡Aún quedan jueces en Berlín!”. |