Los países pobres carecen de opciones; viven un círculo vicioso que les impide progresar y sus recursos los invierten en subsistir. Panamá no es uno de esos países. Según el ministro de Educación, el Estado destina mil millones de dólares al año para el sistema público de educación.
Entonces, con semejante inversión, ¿cómo es que nuestros estudiantes –con raras excepciones– siempre ocupan los últimos lugares en las mediciones de conocimiento? La respuesta no puede ser más clara: la calidad de la enseñanza que reciben –cuando la reciben– es terriblemente deficiente.
A ello hay que agregar clases irregulares, interrumpidas por huelgas, protestas, fibra de vidrio y hasta por la falta de electricidad.
Es un panorama calamitoso que transitamos en pos del anhelado desarrollo, pero que se torna inalcanzable ante una realidad tan chocante como desesperanzadora. No nos engañemos, el dinero ayuda, pero alcanzar nuestras metas como país requiere más que eso: necesitamos un verdadero compromiso de autoridades, educadores y estudiantes. Sin eso, la plata es solo ornamental. |