DESCONCIERTO.
Realidades del Sistema Penitenciario
Juan Ramón Martínez Dettore
opinion@prensa.com
Durante la administración como ministro de Gobierno de Juan B. Chevalier, se puso de moda un personaje en la televisión conocido como el “duro”, quien era el terror del barrio, hasta que lo sorprendieron cometiendo un delito y fue a parar a la cárcel. Allá llegó lleno de desplantes, pero no impresionó a nadie, es más, al momento de ingresar a la galera un reo realmente perverso le asignó la labor de lavarle la ropa.
Pienso que un disuasivo para que los jóvenes no cometan delitos, sería programar visitas a las cárceles, como parte de las asignaturas escolares, así ellos verían con sus propios ojos, lo que significa estar preso. Pero el mayor disuasivo, usted amable lector sabe cual es... pero a esto se oponen los abogados, los trabajadores sociales, los consejeros, representantes de los diversos credos, los religiosos, los sicólogos, los psiquiatras, etc...
Hace años en Estados Unidos, los miembros de una junta evaluadora de detenidos, con una condescendencia más estúpida que perversa, dictaminaron que un detenido acusado de violación y asesinato ya estaba curado y rehabilitado y que lo dejarían en libertad condicional, a lo que el propio detenido se oponía. Al día siguiente apareció el cadáver de una mujer violada y asesinada, al estilo del sujeto en mención. Tras ser capturado, el detenido, declaró: “Se los advertí…”.
Un periodista, indignado por el hecho, declaró: “Estoy de acuerdo con eliminar la pena de muerte, pero primero eliminemos a los asesinos y a los perversos que directa e indirectamente, los protegen”.
En ocasión de una gran polémica que se dio en Estados Unidos, en relación a la tenencia de armas, la primera dama, en ese entonces Nancy Reagan, fue enfática cuando declaró: “cuanto papeleo y requisitos se van exigiendo para que la gente decente pueda tener un arma para defender su vida y la de su familia. En cambio cuando un delincuente quiere cometer una fechoría, si no tiene armas a la mano, que casi siempre la tienen, como ya ha pasado muchas veces, le quita la vida, incluso a representantes de la ley”.
En febrero de 1990, un grupo de estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá hizo un estudio e investigación en las principales cárceles y llegó a las siguientes conclusiones: había un déficit de más de cien entre la cantidad real de detenidos y los que estaban en los listados. Adicionalmente, una veintena estaba anotado con doble nombre e identidad, es decir, estaban cumpliendo la condena de otros, entre estas la de varios colombianos.
Los estudiantes quedaron sorprendidos. Realizaron una serie de denuncias ante las autoridades y los medios, pero nada pasó. Increíblemente, al poco tiempo casi “todo” volvió a ser igual, y hoy continúa siendo así o casi peor.
El autor es periodista
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