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Panamá, miércoles 25 de junio de 2008
 

DESORDEN SOCIAL.

Cómo duele nuestro Panamá de hoy

Priscilla Delgado
opinion@prensa.com

Nadie podía imaginarse ni por un momento que frases “como crisis alimentaria”, tocarían a las puertas de nuestro pequeño país. Y es que ya lo estamos viviendo, pero además de la crisis alimentaria que se pone en evidencia cuando llega el arroz Compita a los barrios, y la gente prácticamente se amotina para poder comprar a un precio moderado sus cinco libras de arroz, este país parece estar habitado por varias clases de personas: las que se pelean por el arroz Compita y las que no se enteran de que la gasolina está por encima de los 4.40 dólares, porque sencillamente la crisis no tocó sus casas, sus negocios, ni su vida.

El costo de la luz se duplicó en casi todos los hogares y negocios. La gran mayoría de panameños no aguantamos esta alza de más del 40%. Es claro que casi ningún país escapa a esta realidad, todos padecen el mismo problema por “la guerra del combustible”. Pagamos justos por pecadores en una confrontación que no nos pertenece. Pero además de la desgracia que tocó a nuestras puertas, la ciudad de Panamá se ha vuelto invivible por el ruido, la falta de aceras, el descontrol de un tráfico que ahuyenta hasta al más positivo de los posibles inversionistas, por la mala calidad de vida en la que no hay silencio a menos que se viva en el piso 30 de algún edificio, en donde nadie nos puede obstruir la vista de la contaminada bahía de Panamá con algún proyecto como la famosa cinta costera, que aún no sabemos ¿a quién o a quiénes beneficiará?

Por otro lado, el deterioro del medio ambiente nos cobrará esta cuota de abandono a corto plazo. Quien diga que Panamá es bella, es porque la vio de la manera ostentosa, quizás cuando transitó por el corredor norte con destino al centro de la ciudad... es verdad, es una ciudad imponente de acero, sin árboles, sin aceras, sin nomenclatura, en donde para ubicar al restaurante más famoso seguimos dando las coordenadas “queda al lado de… tal edificio”. ... Así damos las señas para llegar a cualquier punto de nuestra ciudad y, como colofón, adornada por miles de caras que ostentan los tan apetecidos cargos públicos. Quiero dar por asumido que los motivos que los animan son el “servir a la patria”. La pregunta es ... ¿qué estamos haciendo para palear esta situación, que se convertirá en un problema sin solución?

Si bien es cierto que los indicadores económicos de nuestro país están entre los mejores del continente, no es menos cierto que tenemos una de las peores calidades de vida de la región. Me refiero no a ese 10% que no se entera que la gasolina subió y que la comida en los restaurantes cinco estrellas vale lo que cuesta medio salario mínimo en Panamá, me refiero a la mayoría de los panameños que no tienen acceso a una educación digna, que no tienen seguridad y que viven “acuartelados” en los ghettos, que no pueden salir de sus casas, porque no saben si una bala les cegará la vida.

Los jóvenes no tienen qué hacer ni a dónde ir, porque nada es seguro. Ni la famosa Calle Uruguay, otrora nuestra zona rosa, que tampoco tiene aceras y que hasta hace poco era tranquila.

Los dueños de los negocios chicos, no tienen cómo asumir todas las alzas que se dan, y los impuestos –como el Cair– no les dan tregua. A ello se suman las muy malas condiciones que se establecen en el Código Laboral y que poco incentivan la nueva inversión o, al menos, mantener las precarias empresas pequeñas que ya no pueden con la carga laboral, que aplica las mismas condiciones a una empresa pequeña que a una grande.

Pero el peor cáncer que vemos venir y que con bombos y platillos repetimos todos los días, es que tenemos menos desempleo. Es verdad, las cifras así lo manifiestan, pero ¿qué empleo es el que se consigue? ... el empleo de la gente medianamente preparada, porque además este país cuenta con personas que, en honor a la verdad, “no les gusta trabajar”, o las personas que buscan un empleo, mas no un trabajo.

La respuesta es evidente, por la poca preparación académica o la ausencia de ella, lo que conlleva a que una gran mayoría no cuente con las mínimas destrezas exigidas en un mercado cada vez más competitivo, que requiere de una buena educación, de una formación completa que la da la escuela y el hogar.

Por todo lo anterior, urge que se tome conciencia del cambio a fin de combatir lo que ya está encima de nosotros, si no queremos involucionar en el tiempo. Este país no se puede dar ese lujo, porque el mundo nos mira.

La autora es presidenta de la Fundación Leer


© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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